Este pequeño pesebre de metal me lo regaló en junio de 2024 mi amiga Elizabeth Lynch. Y me lo regaló, literalmente, estando ambas al pie del sagrario, ante Jesús vivo allí.
Me invadió un sentimiento de enorme gratitud, no sólo a Eli por su regalo, sino porque su gesto me hizo pensar casi inmediatamente en aquello que se nos regala al pie del sagrario.
El mismo Jesús nacido en Belén y resucitado tras dar su vida por nosotros está allí, vivo, para cada persona que se acerca hasta el sagrario.
El primer regalo es su Presencia. Él está allí -¡elige estar allí!- para estar con nosotros.
No es un simple estar, pasivo, sino una Presencia amorosa, dispuesta a escuchar y hablar, acoger, consolar, acompañar, iluminar, aconsejar, abrazar, sanar, perdonar...
Decía san Manuel Gonzalez García -conocido como el "obispo de los Sagrarios abandonados"- que el "estar" del Corazón de Jesús en el sagrario es "poner en actividad infinita un amor, una paciencia, una condescendencia tan grandes por lo menos como el poder que se necesita para amarrar a todo un Dios al carro de tantas humillaciones".
"Estar en el sagrario significa venir del cielo todo un Dios, hacer el milagro más estupendo de sabiduría, poder y amor para poder llegar hasta la ruindad del hombre, quedarse quieto, callado y hasta gustoso, lo traten bien o lo traten mal, lo pongan en casa rica o miserable, lo busquen o lo desprecien, lo alaben o lo maldigan, lo adoren como a Dios o lo desechen como un mueble viejo... y repetir eso mañana y pasado mañana, y el mes que viene, y un año, y un siglo, y hasta el fin de los siglos... y repetirlo en este sagrario y en el del templo vecino y en el de todos los pueblos... y repetir eso entre almas buenas, finas y agradecidas, y entre almas tibias, olvidadizas, inconstantes y entre almas frías, duras, pérfidas, sacrílegas...", escribe el santo.
No importa nuestra condición, Jesús siempre está allí, esperándonos, para regalarnos al pie del sagrario su mirada de amor.
"El Corazón de Jesús en el Sagrario me mira.
Me mira siempre.
Me mira en todas partes…
Me mira como si no tuviera que mirar a nadie más que a mí.
¿Por qué?
Porque me quiere, y los que se quieren ansían mirarse.
(...)
El Corazón de Jesús nos quiere, digo más, me quiere a mí y a cada cual con un cariño tan grande como su poder, y su poder no tiene límites ¡un cariño omnipotente!
¡Sí, Él me sigue con su mirada, como me seguiría mi madre, si pudiera!
Alma, detente un momento en saborear esta palabra:
El Corazón de Jesús está siempre mirándome".
San Manuel González!, "¿Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el sagrario?" (1925).

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