Este pesebre lo compré en abril de 2013 en la Feria de Mataderos, de Buenos Aires, en el puesto de César Cayavillca. Es una única pieza, de cerámica, de estilo andino, con las figuras de José, María y Jesús, más dos ovejita, dentro de una canoa de totoras. A este tipo de embarcación se le conoce como caballito de totora y es típica del lago Titicaca, en la frontera entre Bolivia y Perú. Ya era utilizado en tiempos remotos por los pueblos originarios asentados a orillas de este espejo de agua, el lago navegable más alto del mundo, cuyas aguas aún son surcadas por estas peculiares barcas. Ver a Jesús en una de ellas no me resulta extraño. Aunque ciertamente diferentes en su diseño a los caballitos de totora, Jesus utilizaba barcas como medio de transporte cada vez que atravesaba el mar de Galilea, también llamado lago de Tiberíades o lago de Genesaret. Estuvo a sus orillas, llamando a sus discípulos, sentándose solo, retirándose allí junto a los apóstoles, enseñando y dando de comer...
«Vayamos hasta Belén y veamos lo que ha sucedido» (Lc 2, 15).