Esta imagen está en mi parroquia, San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, de Buenos Aires. Y cada vez que la contemplo me vienen siempre las mismas dos palabras: "voluntariamente aceptada". El Niño Jesús, muy pequeñito, abre sus brazos en cruz y se apoya sobre el madero. Libremente... No está clavado, ni atado. Hasta me da la impresión de que está en puntas de pie, como queriendo alcanzar la Cruz... Nada parece obligarle... Y su rostro... inocente, sereno, manso... revela su íntima comunicación con el Padre. Unas de las palabras que más me estremecen de la consagración eucarística son, precisamente, las que se refieren a la "pasión voluntariamente aceptada": la libertad para amar al Padre y amarnos a nosotros hasta el "extremo", el extremo de darse a sí mismo, dar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz, por nuestra salvación. "Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente" (Juan 10, 18). ¡Estas palabras son impactantes! P...
«Vayamos hasta Belén y veamos lo que ha sucedido» (Lc 2, 15).