Este pesebre me lo regaló mi papá en diciembre de 2018. Es una única pieza de cerámica, con las figuras de José, María y el Niño todas regordetas... dan ganas de pellizcarles esas mejillas rosadas! No sé por qué los mofletes, especialmente los de los niños, inspiran hacer eso... hecho con cariño, es un gesto de ternura, una especie de caricia un poco más intensa... Es un acto de confianza. Nadie haría eso a un extraño, ni siquiera a un niño, aunque los niños sí son capaces de agarrar los mofletes de otros niños y tambien de los adultos que no son de su círculo más cercano. He observado recientemente, sobre todo a niños muy pequeños, casi bebés, hacer esto: acariciar el rostro de otros niños y apoyar sus mejillas en la cara de un adulto que, sin ser su madre, lo está cargando ocasionalmente. Solo los niños son capaces de este acto de confianza y cercanía. Pensando en nuestra relación con Dios, me pregunto si nos acercamos a Él así, como niños, como aquellos que revoloteaban...
«Vayamos hasta Belén y veamos lo que ha sucedido» (Lc 2, 15).