martes, 15 de enero de 2019

#258 Puzle


Este rompecabezas me lo regaló mi mamá en octubre de 2018. Lo compró en la santería de la parroquia Santa María de Betania, de Buenos Aires. La imagen a armar es una dulce escena del pesebre de Belén.
Éste es un puzle para niños bastante sencillo, de quince piezas de bordes lisos. Pero los hay muy difíciles, de miles de piezas, con encastres complejos y que requieren hasta meses para ser armados.
La vida se parece a un rompecabezas. Tendemos -y eso es bueno- a unificar todos los aspectos de nuestra existencia, pero muchas veces nos encontramos con el enigma de esas piezas que no encajan: aquellas vivencias o circunstancias que nos parecen un sinsentido o que no comprendemos. 
Para los aficionados a los rompecabezas, hay muchas recomendaciones y buenos trucos para armar más rápido la imagen completa.
Uno de los consejos es separar y clasificar las piezas por su forma, el tipo de bordes, los encastres o por colores. También buscar primero objetos o elementos significativos para empezar a armar un primer núcleo por ahí. 
En la vida podemos aplicar estrategias similares. Cuando todo nos parece un enredo, poner orden, separar los tantos y empezar a ver con mayor claridad aunque sea algunos aspectos ayuda y mucho. Eso se llama discernir.
Los que arman puzles a veces se ayudan con una lupa o recurren a otra persona.
También en la vida, para discernir, hay que saber pedir ayuda a otros con humildad.
Para armar rompecabezas se necesita paciencia. Y en la vida, ¡mucha paciencia!
Si una pieza no encaja, es que no va allí. Y forzarla es inútil. Lo mismo en la vida. Si algo no encaja, o nos parece que no encaja, no debemos frustrarnos... a su tiempo, las piezas se acomodarán.
Pero lo fundamental para armar un rompecabezas es tener la imagen completa delante, como guía.
Y en la vida... nuestra imagen completa es Cristo. Estamos llamados a ser su imagen. Y es Dios Padre a quien debemos confiarnos cuando alguna pieza de nuestra vida nos parece que no encaja, que no tiene sentido...cuando nos cuesta ver el todo de nuestra existencia, cuando no comprendemos el por qué de ciertas experiencias que nos toca atravesar o no entendemos el para qué de nuestras circunstancias es nuestra fe la que nos mueve al abandono confiado en un Dios que todo lo dispone para nuestro bien. En nuestra miopía, que no ve más allá de un cúmulo de cientos de piezas desparramadas, Dios Padre es la luz de nuestros ojos. Él tiene ante sí la imagen completa que quiere reproducir en nosotros: la de su Hijo muy amado.


"Sabemos que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio.
A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo".
(Romanos 8, 28-29)


sábado, 5 de enero de 2019

#257 Hemos visto su gloria


Este pesebre lo compré en septiembre de 2018 en la santería de la Basílica de San José de Flores, en Buenos Aires. Es de Arte Sano y está hecho en madera balsa, con las figuras de José, María y el Niño en relieve y lleva grabada una paráfrasis de Juan 1,14.
El versículo original es éste: "Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único, en Él todo era don amoroso y verdad".
"Hemos visto su gloria". Estas palabras de Juan llamaron especialmente mi atención. Las he leído y escuchado muchas veces, pero nunca me había puesto a meditar en ellas. Las he ruimiado varios días y confieso que me ha costado bastante porque estas palabras me preguntaban con insistencia: ¿cuándo vemos nosotros la gloria de Dios?
En Juan la respuesta me parecía bastante evidente: el apóstol fue testigo clave de momentos de la vida del Señor donde se manifestaba la gloria de Dios: los milagros, la Transfiguración, la Resurrección...
Pero y nosotros ¿podemos afirmar con Juan que "hemos visto" la gloria de Dios?
Le he dado muchas vueltas al asunto. Eché mano de escritos de teólogos y, claro, para dar una respuesta talla y mucho lo que se entienda por "gloria de Dios".
La gloria de Dios hace referencia a la grandeza, el esplendor, la imponente riqueza y majestad divina. Pero esta gloria unas veces se manifiesta en grandes acontecimientos en la historia de la salvación y otras veces se esconde bajo signos humildes que solo se pueden descubrir por la fe.
Así, la gloria del Señor resplandecía en la cima del Sinaí, habitaba en la tienda del encuentro y llenaba el templo. Pero la manifestación de la gloria divina llega su plenitud en Cristo. Él es "resplandor de la gloria de Dios" (Hebreos 1, 3).
Según san Juan Pablo II, "la revelación terrena de la gloria divina alcanza su ápice en la Pascua", misterio que "se perpetúa en el sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección que Cristo confió a la Iglesia". Así, explica, "Jesús asegura la presencia de la gloria pascual a través de todas las celebraciones eucarísticas que articularán el devenir de la historia humana".
Por eso, la Eucaristía es la suprema celebración terrena de la "gloria" divina. Y sí, cuando nos encontramos con Jesús Eucaristía, cuando comulgamos con su Cuerpo y con su Sangre, cuando lo adoramos con profunda devoción, podemos decir, como san Juan: "Hemos visto su gloria". Gloria del Hijo único escondida bajo los humildes signos del pan y el vino y que, por la gracia, el don maravilloso de la fe, resplandece ante nosotros...


"Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.
Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.
Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria.
Amén".

Santo Tomás de Aquino, "Adoro Te Devote".


"Dios mío, 
Tú sabes infinitamente mejor que yo 
cuán poco te amo.
No te amaría en absoluto
si no fuese porque me das la gracia. 
Es tu gracia la que ha abierto los ojos de mi mente
y eso les hizo poder ver tu gloria. 
Es tu gracia la que tocó mi corazón
y la hizo sensible al encanto de tu amor
tan maravillosamente bello y puro.
Oh, Dios mío, 
todo lo que está más cerca de ti,
las cosas de la tierra,
a las que naturalmente me siento atraìdo, 
todo, me impediría contemplarte 
si no me ayudaras con tu gracia.
Por eso guarda mis ojos, mis oídos
y mi corazón de una miserable esclavitud. 
Rompe mis cadenas, 
levanta mi corazón hacia ti. 
Que todo mi ser siempre esté dirigido a ti. 
Que nunca te pierda de vista.
Y mientras te estoy contemplando, 
deja que mi amor hacia ti 
crezca cada día más y más".

domingo, 30 de diciembre de 2018

Pesebre invitado #69: En comunidad


Éste es el pesebre de mi parroquia, San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, de Buenos Aires, para la Navidad de 2018.
Es enorme, ocupa uno de los altares laterales -y un poco más-  y tiene hasta bancos para sentarse o arrodillarse y sentirse dentro de la escena del nacimiento y orar, como un pastor más de los que están allí en torno a Jesús.
Para mí, éste es uno de los mensajes más potentes del pesebre de este año: la invitación a ser parte, a integrarse a otros que, como un todo, están -son comunidad- con Jesús en medio.
Estamos llamados a vivir una relación personal y estrecha de amistad con Dios, pero la fe y el amor, si verdaderos, no se quedan encerrados en una vivencia intimista que excluye a los demás.
Dios ha querido encarnarse y ser parte de nuestra humanidad en un pueblo concreto, una familia concreta, una comunidad de discípulos concreta.
La fe y el amor se expresan en nuestra pertenencia a una comunidad eclesial concreta, con hermanos con nombre propio. Es allí donde nuestra fe se pone a prueba, se alimenta, se fortalece, se dinamiza... Es en comunidad donde nos encontramos con Cristo en su Palabra, en los sacramentos y en los "otros Cristos" que son hermanos nuestros y sin los cuales no tendríamos con quiénes hacer vida el mandato del amor que nos dejó el Señor -"ámense los unos a los otros" (Juan 13, 34)-.
Ser parte de una comunidad, tener hermanos con quienes compartir el camino de la fe, es uno de los mayores regalos que nos da Dios y se parece mucho a este pesebre: con nuestras luces y sombras, con nuestras pobrezas, en la acción, en el silencio orante, de pie o de rodillas, en primera fila o en el último asiento, pero juntos y con Dios en el centro.
"Donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mateo 18, 20).



"De una profundidad inimaginable es el sacramento de la comunidad: la Comunión. En ésta el hombre se hace una sola cosa con Dios, quien, a su vez, está vuelto, personal y totalmente hacia él y se entrega a él. Este mismo Dios está unido no solamente a ese hombre, sino también a los demás. Cada individuo acoge a Dios en su propia persona, pero lo recibe también para los demás: para su cónyuge, hijos, padres, hermanos, amigos; es decir, para todos los que están unidos a él por el amor".
"Cada uno recibe la gracia no sólo para sí, sino también para los demás, y la derrama a raudales por medio de cada palabra, de cada encuentro, de cada buen pensamiento, de cada buena acción realizada con amor". 
"Ninguno de nosotros sabe cuán profundamente vive a partir de la fuerza de la gracia que fluye hacia él por medio de los demás, así como también vive de la oración secreta del corazón pacífico, de la ofrenda expiatoria de personas desconocidas, de la reparación vicaria de quienes se ofrecen silenciosamente por sus hermanos. Así es una comunidad configurada por las fuerzas más profundas que podamos imaginar". 
Romano Guardini, "El sentido de la Iglesia".



domingo, 23 de diciembre de 2018

Pesebres invitados #68: En la vidriera


Esta foto la tomé en diciembre de 2018. Si observan con atención, notarán que el pesebre está detrás de un vidrio y que en él se reflejan edificios y un ómnibus.
Este pesebre -si mal no recuerdo, de origen ruso- se exhibe junto a muchos otros en las vidrieras de un comercio de Buenos Aires. Nada extraño, siendo diciembre, para una casa de artículos de decoración del hogar. Lo extraño es que los pesebres, ninguno de ellos, están a la venta.
Llevada por la curiosidad, entré al negocio para averiguar... y conocí a una persona entrañable, de esas que se les ilumina el rostro -e iluminan a otros- al hablar de aquello que llevan en el corazón.
Adela Oviedo Gutiérrez Báez nació en Paraguay hace 68 años. A los 5 se fue con su familia a Argentina. A los 30 comenzó a coleccionar pesebres y hace unos quince años empezó a exhibirlos en las vidrieras de su negocio, en el barrio de Congreso.
Los pesebres no conviven con otros artículos que sí están a la venta. Cuando en diciembre el grueso de los comerciantes piensa en cómo vender más y atraer a los clientes, Adela vacía todas las vidrieras de su local y monta allí una exhibición de casi un centenar de pesebres de todo el mundo, propios, que le han regalado y hasta alguno "en préstamo".
Adela me contó que hace esto para compartir sus tesoros y para poner de relieve a los verdaderos protagonistas de la Navidad, en particular al Niño Jesús, en unos tiempos donde cada vez se ven menos pesebres y más Papá Noel y se va vaciando de su sentido real a la fiesta.
Lo mejor es la reacción de la gente, vecinos y transeúntes ocasionales, que se detienen a observar, a sacar fotos, a leer los mensajes puestos también en las vidrieras, a pensar, a rezar...
Adela me contó anécdotas preciosas y conmovedoras.
Quizás la que más me impactó es la de una mamá que se detenía a rezar ante los pesebres por su hijo, quien esperaba un transplante en la contigua Fundación Favaloro. Su hijo finalmente murió, pero aquella mujer siempre le ha agradecido a Adela el bien que le hacía orar cada tarde ante esas vidrieras...
Lo que hace Adela es un gesto concreto, muy simple, de compartir el verdadero sentido de la Navidad y logra con esto hacer mucho bien a otros, vecinos y desconocidos... es un ejemplo de que no se necesitan grandes cosas para dar testimonio de la propia fe sino más bien un corazón abierto y generoso, tierra fértil para alumbrar el Bien. Y Dios -¡el Niño Dios!- hace el resto.



martes, 18 de diciembre de 2018

Pesebre invitado #67: Mis ojos han visto al Salvador


Esta foto la tomé en diciembre de 2018 en el geriátrico al que desde hace unos meses tengo el regalo de visitar para llevar a Jesús Sacramentado a las ancianas que viven allí.
En este tiempo voy aprendiendo a descubrir en ellas el rostro del Señor, del Cristo sufriente, que padece el dolor físico y espiritual, la soledad, la incomprensión, pero también del Jesús tierno, afable, inocente... Es Cristo que vive en estas mujeres que, como los niños, como los bienaventurados del Reino, son predilectas de Dios.
Tengo la certeza en el corazón de que Jesús quiere visitar y darse a estas ancianas cada semana. Y sé que ellas también esperan al Señor con anhelo. Es un auténtico espíritu de Adviento que se renueva semana a semana.
Humanamente, a veces se me parte el corazón cuando me cuentan sus penas. Pero rezamos juntas, le presentamos todo al Señor, compartimos la Palabra y la Comunión y es maravilloso ver cómo es Él mismo quien las alivia, las fortalece, les renueva la esperanza y la alegría serena. Lo puedo ver en sus rostros, su sonrisa, sus ojitos de emoción agradecida y ese beso dulce que me regalan... ¡cargado de Jesús!
Cuando salgo de la parroquia y voy camino al geriátrico, me digo: "Estoy llevando al Niño Jesús".
Luego, no me sorprende que el Señor tenga esta predilección por los ancianos y su Presencia haga maravillas porque Jesús es un "experto" en estas cosas precisamente desde que era un niño.
Una de las primeras vivencias que se nos narran sobre Jesús en los evangelios es una "visita" a dos ancianos. Cuarenta días después de su nacimiento en Belén, Jesús es llevado por María y José a Jerusalén para ser presentado en el Templo. Allí se produce el encuentro del Niño con dos ancianos, Simeón y Ana, quienes lo reciben con gozo y agradecimiento, entre alabanzas a Dios Padre. Después de una larga espera, finalmente pueden decir: "Mis ojos han visto al Salvador" (Lucas 2, 30).
¡Bendito sea Dios que me regala ser testigo hoy de esta página del Evangelio!


lunes, 17 de diciembre de 2018

#256 Libro vivo


Este pesebre me lo regaló en agosto de 2018 mi amiga Cris Terceiro. Fue hecho en Portugal, pero lo compró en una tienda de Santiago de Compostela, en España.
El nacimiento es de la marca Marfinites Louças Falcâo, está hecho de marfinite -un material sintético que imita al marfil-
y la figura es muy delicada en su diseño. Todo el conjunto está enmarcado en un libro abierto, cuya página central es el mismo Cristo.
Y verdaderamente la encarnación del Hijo, el nacimiento de Jesús es la página que divide en dos la historia de la humanidad y la historia personal de cada hombre: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1, 14).
Y la Palabra encarnada es la Vida. Libro vivo.
Cuenta santa Teresa de Jesús que en 1559, a sus 44 años, cuando su proceso de conversión llevaba unos cinco años, sintió fuertemente el tener que desapegarse de ciertos libros que la Inquisición había incluido en un índice de textos prohibidos. Muchos de estos libros -escritos, por ejemplo, por san Juan de Ávila y san Francisco de Borja- le habían hecho a la santa un gran bien en su camino espiritual y, como cualquier apoyo, sobre todo para quien no está muy seguro al dar sus pasos, cuesta dejarlo.
Teresa obedeció -del camino seguro de la obediencia sí estaba convencida-, aunque no sin sufrimiento. Se quedaba "sin recreación" y sin la buena guía que muchos de esos libros le proporcionaban.
Pero Teresa perdía algo más, algo fundamental para su vida: la lectura de la Palabra de Dios. Por entonces, la Biblia no era de acceso masivo y estaba casi exclusivamente disponible en latín, idioma que Teresa ignoraba. De modo que accedía a la Palabra a través de fuentes secundarias, es decir, sermones o libros en lengua romance que citaban partes de las Escrituras. Se ve que Teresa absorbió como una esponja esas citas... de hecho, en sus obras, los expertos teresianistas han contabilizado unas 600 referencias bíblicas.
"No tengas pena, que Yo te daré libro vivo", le dijo el Señor a santa Teresa en un habla interior (Libro de la vida, 26). Dice la santa que no entendió mucho el sentido de estas palabras porque aún no tenía visiones intelectuales de la humanidad de Cristo, una gracia que se le estaba a punto de conceder.
"Después, desde a bien pocos días, lo entendí muy bien, porque he tenido tanto en qué pensar y recogerme en lo que veía presente, y ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros; Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades ¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!", exclama Teresa.
La del Libro Vivo es una experiencia cuya autenticidad se constata en los frutos. Todo encuentro con el Señor, si verdadero, nos transforma. En el caso de Teresa, ella misma nos cuenta cómo fue movida a la humildad, al servicio, al amor a la Cruz...
Nos podríamos ver tentados de admirarnos ante esta gracia mística recibida por Teresa de "ver" el Libro Vivo que es Jesús pero pensar que todo esto es solo para los grandes santos, que estamos muy lejos de estos caminos extraordinarios.
Sin embargo, recibimos nosotros una gracia que Teresa no recibió, la del acceso cotidiano, amplio, directo y sin restricciones a la Palabra de Dios, que hoy podemos leer en nuestro idioma y hasta llevarla en el móvil.
Aunque sin visiones ni manifestaciones extraordinarias, nosotros también podemos hacer experiencia del Libro Vivo a través del encuentro cotidiano con Dios en la Palabra, una escucha que se vuelve diálogo en la oración y que es auténtica cuando transforma nuestra vida en aspectos concretos.
También podemos aprender de Teresa en este sentido porque no siempre sus encuentros con el Libro Vivo fueron con visiones.
Fue en la oración donde la santa dejaba resonar la Palabra escuchada en un sermón o leída en un libro. Y en la oración dejaba que el Maestro le descubriera su sentido. Un sentido que daba sentido a lo que ella misma iba viviendo. Experimentaba la Palabra Viva, que habla directo al corazón e impacta en la propia existencia. No es palabra muerta, del pasado o dirigida a otros. Es Libro vivo.


"La Palabra de Dios es viva y eficaz".
Carta a los Hebreos 4, 12



martes, 13 de noviembre de 2018

#255 Besar al Niño


Este pesebre me lo regaló mi papá en agosto de 2018. Lo compró en la tienda Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires. Es un cuadrito de madera, pintado a mano, con la figura de la Sagrada Familia. María tiene al Niño en brazos y le besa el rostro con dulzura.
Al nacer, lo primero que recibimos es el abrazo de nuestra madre y un beso. También ese fue el primer beso para Jesús. Creo que todo lo que quiere expresar una madre al recibir a su hijo es tan inefable... que solo se puede decir con un beso. Y que igual de inefable -o más- es lo que sentimos al encontrarnos con Dios... que muchas veces, sin palabras, humanamente quisiéramos responderle con un beso.
¿Cómo besar a Dios?
Buscando, encontré esta hermosa oración de los cinco besos al Niño Jesús. Son los "besos" del querer, en todo, la Voluntad de Dios. Pienso que María, que besó tantas veces la humanidad de su Hijo, primero le "besó" con su "fiat"...
¡María, enséñanos a besar a Jesús!


Oración de los cinco besos al Niño Jesús

Besando su manita derecha: Oh, Jesús mío, lo que Tú quieres también yo lo quiero. Lo quiero porque Tú lo quieres, oh, Jesús.

Besando su manita izquierda: Jesús, lo que Tú quieres también yo lo quiero. Lo quiero como Tú lo quieres, oh, Jesús.

Besando su piececito derecho: Jesús, lo que Tú quieres también yo lo quiero. Lo quiero cuando Tú lo quieres, oh, Jesús.

Besando su piececito izquierdo: Jesús, lo que Tú quieres también yo lo quiero. Lo quiero hasta cuando Tú lo quieras, oh, Jesús.

Besando su corazón: Dulce Señor, concédeme lo que veo en tu corazón.

Oh, Jesús mío, mi querido Señor,
concédeme lo que veo en tu corazón:
pena por el amor que siempre me falta,
amor, para que nunca falte en la pena,
una pena que soporte todas las penas,
un amor que desprecie a todos los demás amores.



martes, 6 de noviembre de 2018

#254 Un ajuar para el Niño


Este Niño precioso me lo regaló mi amiga Annie Calzia en julio de 2018. Lo trajo de Santiago de Chile y por eso acudí a Teresa de los Andes (1900-1920), carmelita chilena canonizada en 1993, para escribir estas líneas.
En una de sus cartas a su prima Herminia Valdés Ossa, Teresa le da algunos consejos para vivir el tiempo de Adviento, que está a punto de empezar.
"Prepárate para Navidad. Piensa todos los días en Jesús que, siendo Dios eterno, nace como un tierno Niño; siendo Todopode­roso, nace pobre, sin tener con qué resguardarse del frío. Necesita de su Madre para vivir, siendo Él la Vida", le escribe a su prima, a quien llamaba cariñosamente "Gordita".
Y a continuación le hace una "lista" para que le prepare un "ajuar" al Niño Jesús:
"Camisitas para abrigarlo: cinco actos de amor diarios y deseos de recibirlo en la Comunión. 'Jesús mío, ven a mi pobre corazón, que sólo desea latir por Ti'.
Mantillas para envolverle sus piececitos: como Él no puede andar, tú harás la caridad con todos, sacrificándote y renunciando a tu comodidad.
Fajas para apretarlo: no rezongarás cuando te manden algo que no te guste, sino hacerlo como lo dicen.
Gorrita: estudiar y hacerlo todo por Jesús, pensando en su amor.
Pesebre: no flojear en la cama; ir a misa a comulgar.
Pajitas: hacer algún actito, como privarte de un dulce o comer lo que no te guste.
Hazlo todo por amor a Jesús". 
Al finalizar la carta, escrita en 1919, Teresa le pide que le muestre la "lista" a Elisa, su otra prima, para que también ella haga un ajuar... creo que a Teresa no le molestará si me hago eco de su propuesta y la comparto desde aquí, casi un siglo después, invitándote a hacer tu propio ajuar para el Niño Jesús.



El ajuar del Niño

"¿Será posible, Dios mío,
mi Redentor y mi Rey,
que nazcas en un pesebre,
entre un jumento y un buey,
sin que haya un alma piadosa 
que te ame y quiera abrigar,
fabricándote, sencilla,
con sus manos un ajuar?

Yo lo haré, si lo permites,
y esta es la lista, Señor,
de los humildes obsequios 
que ha de ofrecerte mi amor:

Te haré nueve camisitas 
de una hechura sin rival,
serán nueve comuniones 
su tela sacramental.

Cada camisa que te haga,
dulce Niño Celestial,
tendrá un bordado precioso 
de obediencia sin igual.

Y a su orilla habrá un encaje 
que tendrá tu aceptación;
veinticinco actos por día 
de rendida adoración.

Tus cofias, Niño Adorado,
de ricas telas serán:
mi silencio es el encaje,
mi mansedumbre, el holán.

Tus pañales serán doce:
cada cual de estos pañales 
tejerá tres comuniones,
fervientes, espirituales.

Te he de envolver en franelas 
de diferente color:
formaré las encarnadas 
con cien afectos de amor.

Las franelas amarillas 
las haré con la oración;
las blancas serán cosidas 
con pureza de intención.

Las medias serán tejidas,
con abnegadas acciones,
que quien al prójimo sirve 
sabrá agradecer tus dones.

Los zapatitos de lana 
que ponga en tus yertos pies 
serán los actos humildes 
que practique en este mes.

Tus fajas serán mis obras 
de compasión y piedad;
será tu almohada de plumas 
mi eterna felicidad.

Por reverencia a la piedra 
que fue tu duro colchón,
te ofrezco treinta y tres actos 
de sincera contrición.

Por reverencia a tus pajas 
y preservarte del frío,
no me quejaré de nada,
dulce Niño y dueño mío.

Pongamos mano a la obra 
y comencemos el ajuar 
que en su viaje con María,
San José lo va a llevar.

Y así, cuando hayas nacido,
dulce Niño de Belén,
calentaremos tus miembros,
te vestiremos muy bien".

(Villancico, autor desconocido)

martes, 30 de octubre de 2018

Seis años, seis deseos

Como en los cumpleaños se piden tres deseos y hoy este blog celebra su sexto aniversario, me tomo la licencia de pedir, no tres, sino seis deseos... con un agradecimiento infinito al Niño Dios y a todos los que apoyan este proyecto.

Deseo que quien lea este blog, o al menos vea alguna de las imágenes, se sienta tocado en lo más profundo de su ser por la ternura de Dios.

Deseo que todos descubran la grandeza escondida en el pesebre y en el misterio de la Encarnación.
Deseo que cada ser humano experimente la gracia del encuentro personal con Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Deseo que en cada hogar haya un pesebre... y que cada hogar se vuelva pesebre.
Deseo que no me digan más "no es época" cuando busco un pesebre en julio y que, en cambio, nadie se sorprenda, porque "Navidad es todos los días".
Deseo conocer Belén, algún día... y descubrir dónde Dios se hace Vida, cada día.




"Estoy segura de que escucharás mis deseos. 
Lo sé, ¡oh, Dios mío! 
Cuanto más quieres dar, tanto más haces desear". 

Santa Teresita del Niño Jesús, 
"Ofrenda al Amor Misericordioso".


miércoles, 24 de octubre de 2018

#253 Siyahamba


Este pesebre me lo regaló mi amiga Nerea González. Me lo envió desde Sudáfrica en julio de 2018. Es una cubierta para vela, en cartulina, con la silueta calada de la escena del pesebre, pero en la sabana africana, con sus árboles típicos, cabras, una jirafa y hasta tres suricatas. El efecto de la luz brillando en la oscuridad a través de esta imagen es precioso.
Nacido a mediados del siglo XX como una canción de protesta y de reclamo de libertad, "Siyahamba" es uno de los himnos cristianos más populares de Sudáfrica y, precisamente, habla de la luz. Con una estructura muy sencilla y un ritmo pegadizo, la canción repite varias veces "Siyahamba ekukanyen kwen kos", que, en lengua zulú, significa "caminamos a la luz de Dios".
Es una letra muy simple pero rica en mensaje: en primera persona del plural, la que canta es una comunidad. Y es una comunidad que camina, que marcha, que se mueve, que no se queda paralizada. Y eso lo hace bajo la luz, la guía de Dios. El Espíritu es el que anima, impulsa y mueve a la comunidad.
Como invitación al pueblo de Dios, el profeta Isaías ya proclamaba estas palabras varios siglos antes del nacimiento de Jesús: "¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!" (Isaías 2, 5). Y es este mismo profeta el que preanuncia el advenimiento del Mesías, al que identifica con la luz: "El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz" (Isaías 9, 1).
La imagen del Hijo como luz es retomada por Juan en el prólogo de su evangelio, en el que afirma que en la Palabra, en el Verbo, "estaba la vida y a vida era la luz de los hombres". "La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre" (Juan 1, 9).
Y también en el Evangelio según san Juan, es el propio Jesús quien se llama a sí mismo "luz del mundo": "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida" (Juan 8, 12).
Caminemos en la luz de Dios... ¡Siyahamba!



jueves, 18 de octubre de 2018

#252 Humildad


Este pesebre me lo regaló Dora, mamá de mi amiga Marina Guilén, quien me lo trajo desde Ibi (España) en mayo de 2018. Es de madera, traído desde Belén, Tierra Santa.
Desde que llegó a mis manos, supe que se lo quería dedicar a alguien que hubiera vivido en la ciudad natal de Jesús. Y finalmente elegí a Mariam Baouardy, santa María de Jesús Crucificado (1846-1878), fundadora del Carmelo de Belén, donde vivió los últimos tres años de su vida, y cuya historia es fascinante.
Mariam, la "pequeña árabe" como la llaman muchos, nació en una pequeña aldea de Galilea. Quedó huérfana siendo una niña y su vida estuvo marcada por el sufrimiento, siempre vivido a la luz de la fe. Padeció el martirio siendo casi una adolescente y salvó su vida gracias a los maternales cuidados de la Virgen.
Oriente Medio, Francia, la India... escenarios de una vida de tan solo casi 33 años atravesada por gracias extraordinarias y signada por la unión con Cristo crucificado.
No son, sin embargo, los fenómenos místicos los que han definido su vida de santidad, sino sus virtudes y, entre ellas, la que más me ha cautivado es la de la humildad.
Mariam se llamaba a si misma la "pequeña nada", no con desprecio, sino con la serena aceptación de lo que somos ante el Todo de Dios. Sostenía que la santidad no está ni en la oración, ni en las visiones y revelaciones, ni en las penitencias sino en la humildad.
"La humildad es la paz... El alma humilde es reina. Es siempre feliz. En la lucha, en el sufrimiento, se humilla, cree merecer lo peor, no pide algo mejor, y permanece siempre en paz... El orgullo es el que da turbación. El corazón humilde es el vaso, es el cáliz que contiene a Dios", afirmó.
La humildad la aprendió del Maestro que es "humilde de corazón". En una de sus visiones, Mariam vio a un hombre de gran majestad, que parecía un rey amo de todo el mundo, aunque muchos se negaban a reconocer su poder. Mariam sintió en ese momento un gran amor por Dios, un gran deseo de servirle y de ser "perfecta" ante la ingratitud de aquellos que no amaban al Rey.
"¡Pero me vi tan lejos de la perfección! Una voz me dijo: 'mira en la naturaleza: los árboles no crecen en un día'. Me mostró un árbol que daba frutos malos: cortó las ramas, lo trasplantó, le colocó buena tierra alrededor del pie, lo cuidó con paciencia, cuando llegó el momento el árbol comenzó a dar fruto. El hombre duplicó el cuidado y el árbol, cada año, trajo un poco más de frutos. El hombre me miró y me dijo: 'quiero que seas como este árbol: no quiero que fructifiques de inmediato, sino a tiempo'. Sentí una gran confianza y mi corazón estaba inflamado de amor por Dios, con el deseo de amarlo, de vivir solo para Él...".
Otro día, suplicó al Señor que le fortaleciera en la verdad, haciéndole reconocer el orgullo y la humildad. "Vi que el orgullo es la fuente de todos los pecados y la humildad, la fuente, la base de todas las virtudes. El orgullo arruinó al ángel más hermoso, por eso cayó. Si se hubiera humillado, le hubiera atribuido a Dios todo lo que era, se habría vuelto aún más hermoso. El orgullo lo convirtió en un demonio (...). El orgullo nos pierde a todos, por orgullo la voluntad del hombre se vuelve contra Dios. El alma humilde se convierte en luz, vive en la verdad, alcanza a Dios y Dios baja a ella (...). Dios está listo para perdonar a un pecador que se humilla a sí mismo, mira con más amor al alma que regresa a Él con humildad que al alma fiel que se complace en sus virtudes. Ésta está en riesgo de perderse por el orgullo, mientras que el pecador obtiene misericordia al humillarse".
En otra visión contempló un jardín lleno de frutos. "En la puerta del jardín había fuego, y los que querían entrar para recoger algo tenían que cruzar este fuego. Vi un alma que tomó agua y, a través de ella, pasó en medio del fuego sin quemarse, entró en el jardín y recogió sus frutos. Otros, por el contrario, en lugar de tomar el agua, recogieron madera y paja y la arrojaron al fuego que ardía más, y estas almas ardían aún más cada vez que intentaban penetrar en el jardín. Por recoger frutos, no pensaron en sus quemaduras. No entendí nada de lo que vi. De repente, vi al maestro del jardín mirando a quienes pasaban por el fuego y le pedí una explicación. Él respondió: 'Mira las almas que siempre traen agua con ellas: este agua es la humildad. Humildad, aquí está la verdadera fuente de las virtudes. El alma humilde siempre lleva agua con ella; de este modo no siente el fuego, que es la imagen de las humillaciones, de las pruebas, del sufrimiento, de la persecución, del desprecio, de la calumnia. Todo cae sobre esta alma y le dice con desprecio: eres malo, imperfecto, orgulloso, perezoso, desobediente, no tienes caridad, no eres bueno ... Todo esto es el fuego que se debe cruzar para recoger los frutos del jardín. Cuanto más atraviesas este fuego, más frutos recoges. Con el agua de la humildad, todo vuelve en beneficio del alma. En cambio, las almas que carecen de este agua encuentran el fuego en todas partes y arden con egoísmo, lo que significa que siempre piensan en sí mismas y nunca entran en esa simplicidad que Dios requiere para la salvación. Debemos ser como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Estas almas también pueden practicar muchas virtudes externas, pero si no se esfuerzan sobre todo para adquirir humildad, nunca serán agradables a Jesús, mientras que aquellas que procuran adquirir humildad, aunque hayan pecado mucho, encontrarán la gracia delante de Dios'".
En otra visión observó muchos rosales que tenían flores y a otro, solitario, pero más verde, más florido, más bello... "Un hombre, que parecía ser el Señor, vino, tomó este jardín de rosales con flores y lo puso en una noche oscura. No más sol para este jardín de rosas, no más rocío, no más alegría... Las ramas están curvadas, las hojas amarillentas, la rosa se ha marchitado: estaba casi muerta. Los otros rosales, que devoran el rocío, el sol, la luz, dijeron: 'debemos extirpar este rosal, que está seco por falta de agua y sol; sus hojas son amarillentas... erradicarlo, erradicarlo'. El dueño del jardín les respondió: 'Me dices que saque de raíz este rosedal, porque ya no produce rosas y sus rosas se han marchitado. No entiendes que, si fueras como él, si estuvieras privado de agua para refrescarte y de sol para calentarte, ya estarías reducido a polvo. Espera, ¡y ya verás!' Algún tiempo después, el Señor sacó a este rosal de su profunda noche y lo regó, y el jardín de rosas floreció más hermoso que nunca: las rosas han florecido y el aroma de este jardín de rosas ha regocijado a todos los que lo han visto y, así, han bendecido al Señor".
La "pequeña nada", que apenas sabía leer en francés, que siempre optaba por los trabajos más rudos con una sonrisa, fue el medio del que se valió Dios para una empresa grande, como la fundación y construcción de un Carmelo en Belén, sobre la colina donde el "pequeño" David fue ungido rey. No hay mejor sitio para aprender la ciencia del "abajarse", el arte de la humildad, a imitación de Quien hizo de esas tierras su cuna.
"Le pregunto al Altísimo: ¿Dónde vives? Él me responde: busco cada día un nuevo hogar, nacer nuevamente en una gruta, un hogar humilde. Soy feliz en un alma abajada, en un pesebre. Le pregunto siempre a Jesús dónde mora: en una gruta... ¿sabes cómo he aplastado al enemigo? Naciendo tan abajado...".




"Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón".
Mateo 11, 29

"Lo que Dios desea de ti: simplemente... que andes humilde con tu Dios".
Miqueas 6, 8

martes, 2 de octubre de 2018

#251 En una cáscara de nuez


Este pesebre me lo regaló Dora, mamá de mi amiga Marina Guilén, quien me lo trajo desde Ibi (España) en mayo de 2018. Es de resina y representa a Jesús naciendo dentro de una cáscara de nuez.
En lo pequeño se encierra, nace, el misterio del Dios infinito. Pero es una verdad que solo quienes son pequeños -humildes- pueden descubrir y acoger.
"Encerrado en una cáscara de nuez me tendría por rey del espacio infinito, si no fuera porque tengo malos sueños", dice el joven príncipe Hamlet en la célebre obra de William Shakespeare.
"Sueños que son ambición, pues la esencia del ambicioso es la sombra de un sueño", añade el cortesano Guildenstern. 
Algo sombrío había dañado la inocencia del joven Hamlet. Ya no podía concebir que un rey del espacio infinito pudiera vivir en una simple y diminuta cáscara de nuez... ya no era capaz de ver lo grande dentro lo pequeño.
El venerable arzobispo Fulton Sheen (1895-1979), al preguntarse cómo puede el alma hallar a Dios, afirma que "es un hecho psicológico que sólo siendo pequeños podemos descubrir algo grande" y que, para encontrar al inmenso Dios, es necesario llegar a poseer el "espíritu de los niñitos". Los niños son tan pequeños que, en comparación suya , todo lo demás les parece grande.
¿Qué significa ser un niño?, se pregunta Sheen. Y responde con estas bellas palabras del poeta inglés Francis Thompson (1859-1907): "Ser un niño es ser algo muy diferente del hombre de hoy. Es tener un espíritu brotando todavía de las aguas del bautismo; es creer en el amor, creer en la belleza, creer en la fe; es ser tan pequeño que los duendecillos alcanzan a cuchichear en sus oídos; es convertir calabazas en coches, y ratones en caballos; humildad en excelsitud e insignificancias en grandezas, pues cada niño tiene su hada madrina en su propia alma; es vivir en una cascara de nuez y sentirse el rey del espacio infinito. El universo es su caja de juguetes. Él mete sus dedos en el crepúsculo. Se llena de polvo de oro al revolcarse en medio de las estrellas. Hace inocentes travesuras con la luna. Los meteoros hociquean en sus manos. Importuna al trueno encadenado y gruñón, y ríe al sonido de sus cadenas de fuego. Corretea por las puertas del cielo. Su piso está lleno de las fantasías rotas. Corre salvaje sobre los campos del éter. Da caza al mundo girante. Se coloca entre los pies de los cabellos del sol. Se pone al regazo de la madre natura y trenza sus guedejas sueltas de cien modos caprichosos para ver en cuál parecerá más hermosa".
Esto es lo que significa ser un niño. Por ello, insiste Sheen, es también por lo que "sólo siendo pequeños es como podemos descubrir algo grande". 
Si no nos hacemos como niños, no podremos descubrir ni aceptar que el Rey del espacio infinito se hizo hombre, se abajó hasta nuestra pequeñez, vivió entre nosotros, en nuestra misma cáscara de nuez.. ni podremos gozar de esa verdad que nos trajo, que somos también nosotros herederos de su reino que no tiene fin y que ese reino ya está entre nosotros, encerrado en la pequeñez de una cáscara de nuez.


"Pequeño Jesús, ¿fuiste Tú tímido alguna vez
y así tan pequeño como yo? 
¿Y cómo se sintió estar fuera del Cielo
 y ser como yo soy? 
¿Alguna vez pensaste en ese Cielo y
te preguntaste adónde estaban todos los ángeles?
Pienso que yo lloraría por mi casa toda hecha de Cielo 
y miraría el aire y me preguntaría dónde están
todos los ángeles; 
y que al despertar me apenaría... 
¡no hay un ángel allí para vestirme!

¿Tuviste alguna vez juguetes, como nosotros,
 los pequeños niños y niñas? 
¿Y jugaste en los Cielos con todos los  ángeles, 
que no son tan altos,  
y tuviste por canicas las estrellas? 
¿Se juega allá al "búscame" por entre sus alas? 

¿Y tu Madre te permitía arruinar tus ropas
 jugando por el suelo? 
¡Qué bueno tener siempre
 los vestidos nuevos en los Cielos,
porque son completamente limpios y azules!

¿Te arrodillabas por las noches a rezar?
¿Y unías tus manos, así, de este modo?
¿Y te cansabas por ser tan pequeño 
y te parecía que las plegarias eran tan largas?
¿Y te gusta más que unamos nuestras manos, así,
para rezarte?  
Solia pensar, antes de saber,
que la oración no estaba hecha 
a menos que fuera pronunciada.

¿Y tu Madre te besaba por la noche
 y doblaba tus ropas prolijamente? 
¿Y te sentías muy feliz en tu cama
después de que te había besado dulcemente
y que habías hecho tus oraciones? 

Tú no puedes haber olvidado todo
 lo que se siente ser pequeño... 

Y sabes que no sé cómo rezarte
como lo hace mi padre...
¿Cuando eras tan pequeño, podías
hablar como lo hace el Padre?
Entonces, como un Niño pequeño, baja
y escucha la lengua de un niño como la tuya.
Tómame de la mano y caminemos mientras
escuchas mi charla de niño. 
A tu Padre, muéstrale mis plegarias...
Él mirará, porque Tú eres tan  bello...
Y dile: 'Oh, Padre, Yo, tu Hijo, te traigo
las súplicas de un pequeñito'. 
Y Él sonreirá, porque el lenguaje de los niños
no ha cambiado desde que Tú fuiste un niño".

Francis Thompson, "Ex Ore Infantium".




martes, 25 de septiembre de 2018

#250 Principito


Este pesebre me lo regaló mi amiga Eukene Oquendo en mayo de 2018. Lo trajo de Valencia (España), su tierra, y fue hecho por María José, una amiga de su familia que se dedica a hacer manualidades.
Está hecho con trozos de paño de distintos colores, con pespuntes y bordados. Son dos piezas unidas, una con el conjunto de la Sagrada Familia, y la otra con la estrella de Belén. Como una se apoya en la otra, en un primer momento se me ocurrió escribir sobre la importancia de apoyarnos en Jesús y de, sostenidos por Él, ser apoyo para otros.
Buscando algo de inspiración, me topé con el "soy responsable de mi rosa", una de las frases destacadas de "El Principito". Y como una cosa va llevando a otra, terminé leyendo sobre la conexión entre el famoso relato del niño caído del asteroide B-612 y el Niño Jesús de Praga...
Hay quienes afirman que Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), el célebre aviador y escritor francés, se inspiró en el Divino Niño -el pequeño Rey- para su tierno personaje.
Intrigada, volví a las páginas de "El Principito" después de años, por no decir décadas, para releerlo en esta clave... No sé si Saint-Exupéry se inspiró o no en el Niño de Praga, pero ciertamente en el relato hay algunos detalles que me recuerdan a Jesús.
La primera resonancia está en la dedicatoria "al niño que fue" aquel amigo del autor, ya una persona mayor, y que tiene necesidad de consuelo... Para entrar al mundo del Principito se necesita la comprensión -la mirada- de un niño... También para entrar al Reino de los Cielos. "Si no os hacéis como niños...".
Los "mayores" -el rey poderoso, e vanidoso, el bebedor, el ambicioso hombre de negocios, el geógrafo anciano...- se creen importantes y grandes, pero son muy complicados y les cuesta aceptar las verdades más fundamentales.
"Si les decimos: 'La prueba de que el principito ha existido es que reía, era encantador y quería un cordero'. No lo entienden ni lo creen, aunque 'querer un cordero' sea una prueba irrebatible de existencia; las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que nos comportamos como niños. Pero si les decimos: 'el planeta de donde venía el principito es el asteroide B-612', quedarán totalmente convencidas y no dudarán más ¡ni modo!, hay que entender que son así. Los niños deben ser muy condescendientes con las personas mayores", dice el libro de Saint-Exupéry en uno de sus pasajes.
Es necesario ser como niños. La Buena Noticia es revelada y acogida por los "pequemos", mientras que queda oculta a los "sabios y entendidos". Fariseos, sacerdotes y doctores de la Ley desconfiaban de Jesús, no entendían sus palabras, le exigían pruebas, señales... "Quien no acoja el reino de Dios como un niño no entrará en él".
La mirada del Principito, que es la de un niño, también me recuerda a la de Dios. El Principito era capaz de ver un cordero a través de una caja. La mirada del Señor también va más allá... "La mirada de Dios no es la del hombre; el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón".
Con todo, podemos pedir prestados los ojos a Dios si nos volvemos como niños y así ver "bien" lo que hay que ver. "Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos", formula el zorro al Principito al revelarle su secreto. "Felices los puros de corazón porque ellos verán a Dios", dice Jesús.
Otra resonancia bíblica es la del desierto. El narrador, un aviador forzado a aterrizar por una avería en el Sahara, confiesa que vivía solo, "sin alguien con quien poder hablar verdaderamente", hasta que en aquellas arenas solitarias conoce al Principito. También Dios suele salir a nuestro encuentro en los "desiertos" de la vida... El desierto guarda un pozo oculto, un tesoro escondido, la belleza invisible.
Tiempo y diálogo. Eso se necesita para construir una relación. Dice el aviador que necesitó tiempo para comprender de dónde venía el Principito y que, poco a poco, las palabras del niño le fueron revelando sus secretos. También nos pasa así en la relación con Dios.
Hay algo más para crear vínculo con Dios y es ese dejarse "domesticar" que tan bien define el zorro en palabras que casi se pueden tomar prestadas como oración al Señor: "Si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, como también yo lo seré para ti... Si tú me domesticas, mi vida se llenará de sol y conoceré el rumor de unos pasos diferentes a los de otros hombres".
¡Y las preguntas! Esas benditas preguntas, insistentes, simples, directas y, por eso, tan incómodas para los "mayores" que hace el Principito... ésas me recuerdan mucho a las preguntas de Jesús: "¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?", "¿Me amas de verdad?", "¿También ustedes quieren irse?", "¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo?"...
El amor del Principito por su rosa, la fidelidad a su flor, también me recuerda al amor de Jesús por cada persona, con verdadero celo, como pastor que es capaz de dejarlo todo, hasta la vida, por su oveja perdida.
El Principito regresó a su casa, pero su risa se ha quedado en las estrellas que cascabelean cuando su amigo aviador las contempla. Presencia misteriosa, aunque real. Pero más real, verdaderamente real, es la Presencia de Jesús entre nosotros, cada día, hasta el final de los tiempos.


"Tengo sed de esta agua –dijo complacido el principito–, dame de beber...
¡Entonces comprendí lo que él había buscado!
Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. El espectáculo era bello como un día de fiesta.
Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la polea, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón... Cuando yo era niño, las luces del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor al regalo de Navidad que recibía". 

Antoine de Saint-Exupéry, "El Principito", capítulo XXV.

"Una mujer samaritana llegó para sacar agua, y Jesús le dijo: 'Dame de beber'...
Jesús le dijo: 'Si conocieras el don de Dios, si supieras quién es el que te pide de beber, tú misma le pedirías agua viva y él te la daría'.
Ella le dijo: 'señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo. ¿Dónde vas a conseguir esa agua viva?'.
Jesús le dijo: 'El que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en un chorro que salta hasta la vida eterna'".

Evangelio según San Juan, capítulo 4.



martes, 11 de septiembre de 2018

#249 Susana... y las muchas otras


Este pesebre llegó a mi en mayo de 2018. Las figuras son de metal, muy pequeñas, y están dentro de un cofrecito rojo.
Es un regalo de mi tía Susana y me quiero valer de su nombre para hablar de la única mujer del Evangelio llamada así.
Aparece en el capítulo 8 del Evangelio de Lucas, quien destacó al grupo de mujeres que acompañaba a Jesús y a los apóstoles: "Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes" (Lucas 8, 1-3).
A diferencia de María Magdalena y de Juana, de Susana no se nos dice ni de dónde era ni si estaba casada o no y con quién... pero nos queda su nombre, lo que la destaca, al menos, de las "muchas otras" que integraron aquel grupo.
Susana, a secas... y las "muchas otras", sin nombre. Modelos de un seguimiento de Cristo en humildad, que no busca fama o reconocimiento, ni atrae las miradas sobre sí sino que, con sus vidas, señalan al Maestro.
No sabemos sus nombres, pero donde quiera que se proclame este Evangelio sus testimonios de vida seguirán dando gloria a Dios.
Las "muchas otras" son, en primer lugar, mujeres que se reconocen alcanzadas por la Misericordia de Dios. Habían recibido del Señor salud física y espiritual. Y en esa salud, ese bien recibido, supieron ver el don de Dios.
Ese descubrirse amado, saberse curado por Dios, mueve al seguimiento y al servicio. Y estas "muchas otras" se volcaron a acompañar al Señor en sus caminos, sendas que recorrieron junto a otros también impactados de lleno por la Misericordia de Dios.
Las "muchas otras" sirvieron al Señor con su compañía orante y también ayudando con sus bienes... signo concreto de una caridad que ha comprendido que el bien que se entrega -material o espiritual- ha sido primero recibido gratuitamente de Dios.
¡Qué precioso el testimonio de estas "muchas otras" sin nombre! En ellas veo a tantos, hombre y mujeres de hoy, que siguen a Cristo y le sirven con fidelidad desde una vida oculta, silenciosa, cotidiana, sin aplausos... me dan ganas de decirles ¡felices ustedes, los de santidad anónima, porque sus nombres están escritos en el Cielo!

jueves, 6 de septiembre de 2018

Niño invitado #66: Un Doctorcito de dulce Nombre y Corazón sacratísimo

Esta foto la tomé el 30 de agosto de 2018 en la Basílica de Santa Rosa de Lima, de Buenos Aires.
Es una imagen del Dulce Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, también conocido como el Doctorcito de santa Rosa. La imagen original, de la que escribí recientemente en otra entrada, está en la Basílica del Santísimo Rosario, del Convento de Santo Domingo, en Lima.
La comunidad de la Basílica de Santa Rosa de Buenos Aires se interesó recientemente por esta particular devoción de la santa limeña por el Niño Jesús y se puso en la búsqueda de una figura que lo representara con una edad de 3 o 4 años para que, de la misma forma que lo hace en Lima, saliera junto a santa Rosa a recorrer las calles durante las fiestas patronales del 30 de agosto.
Ya en tiempo de descuento para la fiesta y sin mucha perspectiva de hallar un Niño Doctorcito en Buenos Aires, por "sorpresa" -¡las cosas de Dios!- llegó un mensaje desde un taller de imágenes religiosas de la lejana provincia de Misiones, en el extremo noreste de Argentina, comunicando que tenían un Niño listo para viajar a la capital y quedarse en el santuario.
Pero algo más se sumó a la llegada del Doctorcito. Según cuenta la propia comunidad parroquial en su sitio web, el mismo día en que finalmente se le dijo sí a la figura ofrecida desde Misiones "otro Doctorcito, pero de carne y hueso y de 3 años, se presentó aquí en Buenos Aires". Era un pequeño gravemente enfermo. Su familia llamó al sacerdote para asistirle en sus últimos momentos.
"No tenía estandarte, ni en su ropaje ornamentos dorados. Fue en la habitación de un hospital, al caer la tarde... Su familia lo despedía al pie de la cama rezando el rosario. Una enfermera junto a ellos también rezaba. Tremenda y triste postal de una familia dejando partir a este niño. Niño que al morir sanaba...".
La comunidad supo ver en este pequeño la presencia del Cristo Niño y ha acogido al Doctorcito con todo cariño, buscando imitar su dulzura, su cercanía, su compasión con los que sufren, especialmente los enfermos... estos rasgos del Doctorcito ya los había descubierto Rosa en sus días y ella misma buscó con todo afán encarnarlos en su propia vida. La verdadera devoción, finalmente, es la que nos lleva a imitar a Cristo... un Niño de Corazón abierto que así nos enseña cómo debe latir el nuestro.

"Divino Niño Jesús
que al hacerte hombre
quisiste sufrir y morir por los hombres
y alcanzar el triunfo sobre el pecado
con tu muerte y resurrección,
a ti acudo lleno de confianza,
pidiendo me concedas
la salud del alma y del cuerpo.
Remedia mis males y perdona mis pecados,
para que con todas mis fuerzas
te ame, sirva y sea útil para el prójimo.
Que sobrelleve con paciencia mis dolores
y los ofrezca como remedio
de todas las necesidades del mundo.
¡Que así sea!"


martes, 4 de septiembre de 2018

Pesebre invitado #65: Junto al lago


Esta foto la tomé en mayo de 2018 en la ciudad de Bariloche, en la Patagonia argentina. Este pesebre escultórico está emplazado a las puertas de la catedral y desde allí hay una bella vista al inmenso y azul lago Nahuel Huapi.
Ver a Jesús aquí me recordó todos esos pasajes de sus vivencias en el lago de Tiberíades o de Genesaret, llamado también Mar de Galilea.
Jesús eligió vivir junto al lago. Dice el evangelio de san Mateo que, después de sus días en el desierto, volvió a Galilea, pero no se quedó en Nazaret, sino que fue a vivir a Cafarnaúm, "a orillas del lago".
A esas costas llevó su luz, tal como profetizó Isaías.
En esas riberas comenzó a proclamar la llegada del Reino de Dios.
Por esas orillas caminaba. Allí llamó a sus primeros "pescadores de hombres".
Al borde de esas aguas enseñó y curó. Se agotó y descansó.
Un día "Jesús salió de casa y fue a sentarse a orillas del lago" (Mateo 13, 1). ¡Qué escena preciosa! Me pregunto qué pensaría, cuál sería su oración, contemplando esas aguas... No lo sé, pero luego su paso siguiente fue subirse a una barca, no quedarse en la orilla, sino adentrarse en ese lago misterioso y tan inmenso que le dicen "mar"...
Jesús surcó esas aguas varias veces, cruzando de un lado a otro.
No lo amedrentaron los fuertes vientos ni las tormentas.
No era pescador pero conocía perfectamente dónde echar las redes.
No sé si sabía nadar, ¡pero sabía caminar sobre las aguas!
Y allí, en el medio del lago, le manifestó a sus apóstoles su poder.
Esas aguas, profundas, misteriosas, a veces turbulentas, otras un sereno reflejo del cielo, somos nosotros. A esta orilla, la de nuestra humanidad, vino a vivir Jesús. Siendo Dios, se encarnó, eligiendo estar en nuestra ribera y más allá, navegando mar adentro en las profundidades de nuestra condición humana, sin temor a nuestro oleaje traicionero... calmando nuestras tormentas... surcando las aguas de nuestra vida de punta a punta...


Jesús, navegante de mi mar interior,
Ven a atravesar mis aguas.
Ven a mi orilla y llámame por mi nombre.
Siéntate en la arena y deja que bañe tus pies.
En mi tempestad, camina sobre mí y me sosegaré,.
En la oscuridad de la noche, dime "soy yo, no temas" y el espanto se desvanecerá.
Calma el viento, apacigua las olas y yo, ante tu poderosa presencia, te adoraré: "Verdaderamente eres Hijo de Dios".
Rema mar adentro y duérmete allí, en esas mis aguas de las que yo reniego y en las que Tú, en cambio, encuentras hermosura...
Pesca en mis profundidades, allí donde te gusta echar tus redes.
Que mis olas sepan acariciarte y mi espuma besarte.
Y que mi canción incesante y acompasada, la de mis aguas llegando una y otra vez a tu orilla, sea mi mejor oración.



martes, 28 de agosto de 2018

#248 Llanquihue


Este pesebre, hecho con tela y madera, lo compré en mayo de 2018 en Puerto Varas, una ciudad del sur de Chile situada a orillas del lago Llanquihue.
La palabra "Llanquihue" proviene del mapudungun y significa "lugar profundo", en alusión a la gran profundidad de las aguas de este lago, que llega hasta los 317 metros.
Usualmente "ubicamos" a Dios en lo alto, el cielo, las cumbres... pero en la Biblia también hay alusiones a la presencia de Dios en las profundidades, los abismos, las simas del mundo... "Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro" (Salmo 139). "Porque el Señor es un Dios grande,soberano de todos los dioses: tiene en su mano las simas de la tierra" (salmo 95). "Bendito seas Tú, que sondeas los abismos" (Daniel 3, 55).
Dios habita también en nuestras profundidades, en lo más hondo de nuestra interioridad, en lo más íntimo de nuestro corazón, en la morada más secreta de nuestro castillo interior: el centro mismo del alma.
"Tú eras interior a mi más honda interioridad", le dice a Dios san Agustín de Hipona en sus "Confesiones". Dios estaba dentro de él, pero Agustín lo ignoraba y lo buscaba fuera, en las criaturas.
"Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz".
El encuentro verdadero con Dios, el que convierte y transforma la vida, sucede en nuestro "lugar profundo".
Es, como lo llama san Juan de la Cruz es su poema "Llama de amor viva", el "centro del alma" o "el más profundo centro".
"El centro del alma Dios es, al cual habiendo ella llegado según toda la capacidad de su ser y según la fuerza de su operación, habrá llegado al último y profundo centro del alma, que será cuando con todas sus fuerzas ame y entienda y goce a Dios", afirma el doctor místico. 
¿Y que sucede en ese "lugar profundo"? La unión del alma con Dios, la llama del amor de Dios que tiernamente "hiere" al alma... o, como bellamente lo sintetiza Juan de la Cruz, una "fiesta del Espíritu Santo"...