martes, 11 de septiembre de 2018

#249 Susana... y las muchas otras


Este pesebre llegó a mi en mayo de 2018. Las figuras son de metal, muy pequeñas, y están dentro de un cofrecito rojo.
Es un regalo de mi tía Susana y me quiero valer de su nombre para hablar de la única mujer del Evangelio llamada así.
Aparece en el capítulo 8 del Evangelio de Lucas, quien destacó al grupo de mujeres que acompañaba a Jesús y a los apóstoles: "Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes" (Lucas 8, 1-3).
A diferencia de María Magdalena y de Juana, de Susana no se nos dice ni de dónde era ni si estaba casada o no y con quién... pero nos queda su nombre, lo que la destaca, al menos, de las "muchas otras" que integraron aquel grupo.
Susana, a secas... y las "muchas otras", sin nombre. Modelos de un seguimiento de Cristo en humildad, que no busca fama o reconocimiento, ni atrae las miradas sobre sí sino que, con sus vidas, señalan al Maestro.
No sabemos sus nombres, pero donde quiera que se proclame este Evangelio sus testimonios de vida seguirán dando gloria a Dios.
Las "muchas otras" son, en primer lugar, mujeres que se reconocen alcanzadas por la Misericordia de Dios. Habían recibido del Señor salud física y espiritual. Y en esa salud, ese bien recibido, supieron ver el don de Dios.
Ese descubrirse amado, saberse curado por Dios, mueve al seguimiento y al servicio. Y estas "muchas otras" se volcaron a acompañar al Señor en sus caminos, sendas que recorrieron junto a otros también impactados de lleno por la Misericordia de Dios.
Las "muchas otras" sirvieron al Señor con su compañía orante y también ayudando con sus bienes... signo concreto de una caridad que ha comprendido que el bien que se entrega -material o espiritual- ha sido primero recibido gratuitamente de Dios.
¡Qué precioso el testimonio de estas "muchas otras" sin nombre! En ellas veo a tantos, hombre y mujeres de hoy, que siguen a Cristo y le sirven con fidelidad desde una vida oculta, silenciosa, cotidiana, sin aplausos... me dan ganas de decirles ¡felices ustedes, los de santidad anónima, porque sus nombres están escritos en el Cielo!

jueves, 6 de septiembre de 2018

Niño invitado #66: Un Doctorcito de dulce Nombre y Corazón sacratísimo

Esta foto la tomé el 30 de agosto de 2018 en la Basílica de Santa Rosa de Lima, de Buenos Aires.
Es una imagen del Dulce Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, también conocido como el Doctorcito de santa Rosa. La imagen original, de la que escribí recientemente en otra entrada, está en la Basílica del Santísimo Rosario, del Convento de Santo Domingo, en Lima.
La comunidad de la Basílica de Santa Rosa de Buenos Aires se interesó recientemente por esta particular devoción de la santa limeña por el Niño Jesús y se puso en la búsqueda de una figura que lo representara con una edad de 3 o 4 años para que, de la misma forma que lo hace en Lima, saliera junto a santa Rosa a recorrer las calles durante las fiestas patronales del 30 de agosto.
Ya en tiempo de descuento para la fiesta y sin mucha perspectiva de hallar un Niño Doctorcito en Buenos Aires, por "sorpresa" -¡las cosas de Dios!- llegó un mensaje desde un taller de imágenes religiosas de la lejana provincia de Misiones, en el extremo noreste de Argentina, comunicando que tenían un Niño listo para viajar a la capital y quedarse en el santuario.
Pero algo más se sumó a la llegada del Doctorcito. Según cuenta la propia comunidad parroquial en su sitio web, el mismo día en que finalmente se le dijo sí a la figura ofrecida desde Misiones "otro Doctorcito, pero de carne y hueso y de 3 años, se presentó aquí en Buenos Aires". Era un pequeño gravemente enfermo. Su familia llamó al sacerdote para asistirle en sus últimos momentos.
"No tenía estandarte, ni en su ropaje ornamentos dorados. Fue en la habitación de un hospital, al caer la tarde... Su familia lo despedía al pie de la cama rezando el rosario. Una enfermera junto a ellos también rezaba. Tremenda y triste postal de una familia dejando partir a este niño. Niño que al morir sanaba...".
La comunidad supo ver en este pequeño la presencia del Cristo Niño y ha acogido al Doctorcito con todo cariño, buscando imitar su dulzura, su cercanía, su compasión con los que sufren, especialmente los enfermos... estos rasgos del Doctorcito ya los había descubierto Rosa en sus días y ella misma buscó con todo afán encarnarlos en su propia vida. La verdadera devoción, finalmente, es la que nos lleva a imitar a Cristo... un Niño de Corazón abierto que así nos enseña cómo debe latir el nuestro.

"Divino Niño Jesús
que al hacerte hombre
quisiste sufrir y morir por los hombres
y alcanzar el triunfo sobre el pecado
con tu muerte y resurrección,
a ti acudo lleno de confianza,
pidiendo me concedas
la salud del alma y del cuerpo.
Remedia mis males y perdona mis pecados,
para que con todas mis fuerzas
te ame, sirva y sea útil para el prójimo.
Que sobrelleve con paciencia mis dolores
y los ofrezca como remedio
de todas las necesidades del mundo.
¡Que así sea!"


martes, 4 de septiembre de 2018

Pesebre invitado #65: Junto al lago


Esta foto la tomé en mayo de 2018 en la ciudad de Bariloche, en la Patagonia argentina. Este pesebre escultórico está emplazado a las puertas de la catedral y desde allí hay una bella vista al inmenso y azul lago Nahuel Huapi.
Ver a Jesús aquí me recordó todos esos pasajes de sus vivencias en el lago de Tiberíades o de Genesaret, llamado también Mar de Galilea.
Jesús eligió vivir junto al lago. Dice el evangelio de san Mateo que, después de sus días en el desierto, volvió a Galilea, pero no se quedó en Nazaret, sino que fue a vivir a Cafarnaúm, "a orillas del lago".
A esas costas llevó su luz, tal como profetizó Isaías.
En esas riberas comenzó a proclamar la llegada del Reino de Dios.
Por esas orillas caminaba. Allí llamó a sus primeros "pescadores de hombres".
Al borde de esas aguas enseñó y curó. Se agotó y descansó.
Un día "Jesús salió de casa y fue a sentarse a orillas del lago" (Mateo 13, 1). ¡Qué escena preciosa! Me pregunto qué pensaría, cuál sería su oración, contemplando esas aguas... No lo sé, pero luego su paso siguiente fue subirse a una barca, no quedarse en la orilla, sino adentrarse en ese lago misterioso y tan inmenso que le dicen "mar"...
Jesús surcó esas aguas varias veces, cruzando de un lado a otro.
No lo amedrentaron los fuertes vientos ni las tormentas.
No era pescador pero conocía perfectamente dónde echar las redes.
No sé si sabía nadar, ¡pero sabía caminar sobre las aguas!
Y allí, en el medio del lago, le manifestó a sus apóstoles su poder.
Esas aguas, profundas, misteriosas, a veces turbulentas, otras un sereno reflejo del cielo, somos nosotros. A esta orilla, la de nuestra humanidad, vino a vivir Jesús. Siendo Dios, se encarnó, eligiendo estar en nuestra ribera y más allá, navegando mar adentro en las profundidades de nuestra condición humana, sin temor a nuestro oleaje traicionero... calmando nuestras tormentas... surcando las aguas de nuestra vida de punta a punta...


Jesús, navegante de mi mar interior,
Ven a atravesar mis aguas.
Ven a mi orilla y llámame por mi nombre.
Siéntate en la arena y deja que bañe tus pies.
En mi tempestad, camina sobre mí y me sosegaré,.
En la oscuridad de la noche, dime "soy yo, no temas" y el espanto se desvanecerá.
Calma el viento, apacigua las olas y yo, ante tu poderosa presencia, te adoraré: "Verdaderamente eres Hijo de Dios".
Rema mar adentro y duérmete allí, en esas mis aguas de las que yo reniego y en las que Tú, en cambio, encuentras hermosura...
Pesca en mis profundidades, allí donde te gusta echar tus redes.
Que mis olas sepan acariciarte y mi espuma besarte.
Y que mi canción incesante y acompasada, la de mis aguas llegando una y otra vez a tu orilla, sea mi mejor oración.



martes, 28 de agosto de 2018

#248 Llanquihue


Este pesebre, hecho con tela y madera, lo compré en mayo de 2018 en Puerto Varas, una ciudad del sur de Chile situada a orillas del lago Llanquihue.
La palabra "Llanquihue" proviene del mapudungun y significa "lugar profundo", en alusión a la gran profundidad de las aguas de este lago, que llega hasta los 317 metros.
Usualmente "ubicamos" a Dios en lo alto, el cielo, las cumbres... pero en la Biblia también hay alusiones a la presencia de Dios en las profundidades, los abismos, las simas del mundo... "Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro" (Salmo 139). "Porque el Señor es un Dios grande,soberano de todos los dioses: tiene en su mano las simas de la tierra" (salmo 95). "Bendito seas Tú, que sondeas los abismos" (Daniel 3, 55).
Dios habita también en nuestras profundidades, en lo más hondo de nuestra interioridad, en lo más íntimo de nuestro corazón, en la morada más secreta de nuestro castillo interior: el centro mismo del alma.
"Tú eras interior a mi más honda interioridad", le dice a Dios san Agustín de Hipona en sus "Confesiones". Dios estaba dentro de él, pero Agustín lo ignoraba y lo buscaba fuera, en las criaturas.
"Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz".
El encuentro verdadero con Dios, el que convierte y transforma la vida, sucede en nuestro "lugar profundo".
Es, como lo llama san Juan de la Cruz es su poema "Llama de amor viva", el "centro del alma" o "el más profundo centro".
"El centro del alma Dios es, al cual habiendo ella llegado según toda la capacidad de su ser y según la fuerza de su operación, habrá llegado al último y profundo centro del alma, que será cuando con todas sus fuerzas ame y entienda y goce a Dios", afirma el doctor místico. 
¿Y que sucede en ese "lugar profundo"? La unión del alma con Dios, la llama del amor de Dios que tiernamente "hiere" al alma... o, como bellamente lo sintetiza Juan de la Cruz, una "fiesta del Espíritu Santo"...


martes, 21 de agosto de 2018

Niño invitado #64: Niño de la Sabiduría

Esta foto la tomé en abril de 2018 en la Basílica del Santísimo Rosario del convento de Santo Domingo, en Lima, Perú. Es el Niño de la Sabiduría, imagen que forma parte del altar lateral dedicado al Sagrado Corazón de Jesús.
La figura es encantadora: un Niño Rey, que en sus manos tiene "la Sagrada mini Biblia".
Jesús, la Palabra encarnada, es, como nos dice san Pablo, "sabiduría de Dios" (1 Corintios 1, 24).
Como Sabiduría también invocamos en el Adviento a Jesús, próximo a nacer, cuando cantamos cada 17 de diciembre la primera de las llamadas "Antífonas de la O": "Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!".
Es una oración preciosa, con la que llamamos a Jesús con el nombre de Sabiduría, reconocemos la grandeza divina en un Niño, lo invocamos como nuestro Salvador y nos admiramos de todo el misterio que ello encierra.
La preexistencia eterna del Hijo junto al Padre y el descenso del Señor en la encarnación -el Verbo que acampó entre nosotros- se anuncian ya en los libros sapienciales del Antiguo Testamento, en la figura de la Sabiduría. 
Es el caso del "Elogio de la Sabiduría", en Eclesiástico 24, donde es la propia Sabiduría la que nos habla. Es un pasaje hermoso para orar, dejando que las palabras resuenen en nuestro corazón como voz del Niño de la Sabiduría:
"Yo salí de la boca del Altísimo y cubrí la tierra como una neblina.
Levanté mi carpa en las alturas, y mi trono estaba en una columna de nube.
Yo sola recorrí el circuito del cielo y anduve por la profundidad de los abismos.
Sobre las olas del mar y sobre toda la tierra, sobre todo pueblo y nación, ejercí mi dominio.
Entre todos ellos busqué un lugar de reposo, me pregunté en qué herencia podría residir.
Entonces, el Creador de todas las cosas me dio una orden, el que me creó me hizo instalar mi carpa, él me dijo: «Levanta tu carpa en Jacob y fija tu herencia en Israel».
El me creó antes de los siglos, desde el principio, y por todos los siglos no dejaré de existir.
Ante él, ejercí el ministerio en la Morada santa, y así me he establecido en Sión;
él me hizo reposar asimismo en la Ciudad predilecta, y en Jerusalén se ejerce mi autoridad.
Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia.
Crecí como un cedro en el Líbano y como un ciprés en los montes del Hermón;
crecí como una palmera en Engadí y como los rosales en Jericó; como un hermoso olivo en el valle, y como los rosales en Jericó; como un hermosos olivo en el valle, y como un plátano, me elevé hacia lo alto.
Yo exhalé perfume como el cinamomo, como el aspálato fragante y la mirra selecta, como el gálbano, la uña aromática y el estacte, y como el humo del incienso en la Morada.
Extendí mis ramas como un terebinto, y ellas son ramas de gloria y de gracia.
Yo, como una vid, hice germinar la gracia, y mis flores son un fruto de gloria y de riqueza.
Yo soy la madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Yo, que permanezco para siempre, soy dada a todos mis hijos, a los que han sido elegidos por Dios.
¡Vengan a mí, los que me desean, y sáciense de mis productos!
Porque mi recuerdo es más dulce que la miel y mi herencia, más dulce que un panal.
Los que me coman, tendrán hambre todavía, los que me beban, tendrán más sed.
El que me obedezca, no se avergonzará, y los que me sirvan, no pecarán".

martes, 14 de agosto de 2018

#247 Kero

Este pesebre lo compré en Lima, Perú, en abril de 2018. Las figuras de la Sagrada Familia son de estilo ayacuchano y están insertas en un kero, un vaso ceremonial utilizado por la cultura chimú y luego adoptado por los incas para beber alcohol o chicha fermentada.
Este kero de cerámica, con la representación del pequeño Jesús, me recordó a nuestros propios vasos sagrados, en particular al cáliz, y, apenas lo vi por primera vez, me vino a la memoria este versículo del salmo 115: "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre".
Ese alzar la copa es un "sacrificio de alabanza" en gratitud al don de la vida, de la libertad y de todas las demás gracias recibidas de Dios.
El salmo 115 forma parre de los denominados salmos Hallel (alabanza), himnos que los judíos cantaban cada año en la comida de Pascua para agradecer a Dios por la liberación de la esclavitud en Egipto. Pero en esa cena, llamada Seder, no solo recordaban con gozo aquel hecho sino que además expresaban sus ansías por la gran liberación que les traería el Mesías esperado.
El rito de la cena pascual judía incluye beber cuatro copas de vino. La tercera de ellas es la copa de la redención o de la salvación y se bebe mientras la familia entona el salmo 115. Esto mismo hizo Jesús en su última cena, que era cena pascual, y fue en ese momento que instituyó la Eucaristía. Él mismo alzó la copa de la salvación, con su Sangre, Sangre redentora... sacrificio también de alabanza y gratitud al Dios de la Vida, de la Resurrección...
"Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía", dijo Jesús en aquella noche antes de su pasión, muerte y resurrección.
Por eso, cada vez que comemos el Pan y bebemos del Cáliz de la Eucaristía anunciamos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección hasta que Él vuelva (1 Corintios 11, 26).
¿Cómo pagaremos al Señor todo el bien que nos ha hecho con su entrega redentora? ¡Alzaremos la Copa de la Salvación, invocando su Nombre!

martes, 7 de agosto de 2018

Niño invitado #63: Doctorcito Jesús


Esta foto la tomé en abril de 2018 en la preciosa Basílica de San Francisco, en Lima, Perú. Es la imagen del Niño Jesús Doctorcito y puedo dar fe de la devoción que le tienen los limeños pues en el rato que estuve allí de visita no cesaron de acercarse, especialmente niños y ancianos, para rezar ante ella con sencilla piedad.
Es peculiar la imagen: el Niño, con algunos juguetes, sentadito en un trono, vestido como médico, con ambo y zapatos blancos, y un estetoscopio.
Jesús, que curaba a los enfermos, corporal y espiritualmente, se llamó a sí mismo médico: "No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Marcos 2, 17).
La imagen de Jesús como médico es preciosa. El médico -al menos el médico ideal- no solo sabe cómo restaurar la salud, sino tambiñen proteger y sostener toda vida. Ha de interesarse por su paciente como persona, en forma íntegra, y no solo por una parte de su cuerpo. Genera un vínculo de confianza con su paciente para entrar en un diálogo que verdaderamente conduzca a un diagnóstico acertado. Sabe "leer" más allá de los síntomas. Conoce qué remedio o tratamiento aplicar en cada caso. Convence al paciente de qué es lo mejor para su salud y le ayuda a superar los miedos posibles. Nunca abandona a un paciente a mitad de tratamiento. Y, una vez curado, lo sigue de cerca para prevenir recaídas.
Así actúa Dios para sanar nuestro corazón. Él es médico... y también medicina, ¡y la salud misma!
Podemos acercarnos a Él con suma confianza. Jesús no tiene miedo de nuestras enfermedades, no se espanta de nuestras llagas, nuestras heridas, nuestros pecados...
Pídamosle que ausculte nuestro corazón, todos los días, aún cuando nos parezca que está todo bien, pues Él, que nos ha formado y nos conoce infinitamente más y mejor que nosotros mismos, sí puede detectar hasta las fallas más pequeñas y darnos el remedio de su gracia.
"Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno", dice el salmo 138. ¡Digámoselo al Médico Divino!


"Curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades»".
Mateo 8, 16-17

martes, 31 de julio de 2018

#246 Mariposa


Este pesebre lo compré en Lima, Perú, en abril de 2018. Es una única pieza, en cerámica, con la Sagrada Familia caracterizada como integrantes de la tribu amazónica de los shipibo. Hay también algunos animales, como un mono y una tortuga, pero lo que más destaca en todo el conjunto es una colorida y gran mariposa.
Apenas la vi, me dije: "¡la mariposa de santa Teresa!".
La gran santa de Ávila utiliza la imagen de la mariposa en "Las moradas del castillo interior". Aparece en las moradas quintas y es símbolo de la metamorfosis de la persona, de la conversión obrada por Dios, de la transformación que se gesta en la progresiva unión con Dios, la unión transformante.
Esta unión es siempre puro regalo de Dios, aunque Teresa asegura que "podemos hacer mucho disponiéndonos". Y entonces viene la comparación con el gusano de seda.
El proceso comienza con lo que Teresa llama una pequeña "simiente" -un huevo de gusano sobre la hoja de una morera-, que está "muerta" y con el calor empieza a vivir.
En sentido espiritual, explica la santa, la persona -el gusano- comienza a tener vida verdadera cuando, "con el calor del Espíritu Santo", empieza a aprovecharse del "auxilio general que a todos nos da Dios" y de los medios que nos dejó en su Iglesia (los sacramentos, la Palabra, la oración, la formación...) que son "el remedio que un alma que está muerta en su descuido y pecados y metida en ocasiones puede tener". Entonces el gusanito se va alimentando y crece.
La siguiente fase es la del hilado de la seda, con la que el gusano hace un capullo muy apretado adonde se encierra.
Describe Teresa que el gusano "comienza a labrar la seda y edificar la casa adonde ha de morir" y que esta casa es Cristo. Porque Cristo ha de morar en la persona y ella, en Cristo.
¿Cómo se teje este capullo? "Quitando nuestro amor propio y nuestra voluntad, el estar asidos a ninguna cosa de la tierra, poniendo obras de penitencia, oración, mortificación, obediencia...".
Y así, el gusano, "grande y feo", bien "muerto al mundo" en la unión con Dios, se transforma finalmente en una "mariposica blanca, muy graciosa".
La transformación es evidente: "Ya no tiene en nada las obras que hacía siendo gusano, que era poco a poco tejer el capucho; hanle nacido alas, ¿cómo se ha de contentar, pudiendo volar, de andar paso a paso? Todo se le hace poco cuanto puede hacer por Dios, según son sus deseos. No tiene en mucho lo que pasaron los santos, entendiendo ya por experiencia cómo ayuda el Señor y transforma un alma".
Le han salido alas y vuela. Ya no tiene reposo. Cada vez más alto... hacia Dios! 


martes, 24 de julio de 2018

Niño invitado #62: El Niño de Rosa

Esta foto la tomé en abril de 2018 en la Basílica del Santísimo Rosario del convento de Santo Domingo, en Lima, Perú. Es el Niño de santa Rosa de Lima, una talla del Dulce Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón y que la patrona de América llamaba con ternura su "Doctorcito" o "Mediquito".
Los limeños le tienen mucha devoción a esta imagen, que llevan en procesión por el centro de la ciudad cada enero, sobre el fin del tiempo litúrgico de Navidad.
Según señala el padre Ángel Peña, en un libro sobre la santa limeña, este Niño  presidía la sala de la casa paterna de Rosa donde atendía a los enfermos que llevaban a curar. Con él, como médico divino, obtenía curaciones milagrosas cuando no había remedio humano.
Ya me había referido en una entrada anterior del blog a las gracias místicas de Rosa en relación al Niño Jesús, pero quisiera destacar aquí cómo esas experiencias profundas del Amor de Dios le impulsaron a amar por Cristo, con Él y en Él a los demás, especialmente a los pobres y enfermos.
Rosa vivió una espiritualidad encarnada. Su vida intensa de oración y penitencia, de encuentro íntimo con el Señor, de piedad y sacramentos alimentaba y sustentaba su servicio de entrega cotidiana a los más necesitados, su disponibilidad, su generosidad.
El "Doctorcito" que Rosa conoció tan bien no tiene asco de los males espirituales y corporales de los hombres, no tiene miedo de mirar y tocar nuestras heridas, no teme ensuciarse o contagiarse, tiene compasión... y Rosa, unida a Él, buscó imitarle.
Cuenta su primer biógrafo, fray Leonardo Hansen, que mientras Rosa vivió en la casa de sus padres, una de sus "grandes satisfacciones" era, con su permiso, llevar allí a los pobres enfermos, a quienes curaba con sus propias manos y les procuraba las medicinas necesarias. 
"Al principio sufrió constantes repulsas, porque la madre juzgaba que en el estado de salud de Rosa haría mejor en cuidarse a sí misma; más habiendo conseguido la hija vencer las resistencias maternales, tan buena obra llegó a ser para ella una necesidad incesante. Cuando una enferma sanaba, buscaba otra, y adoptaba con preferencia aquella cuya enfermedad le parecía más repugnante. Luego que la llevaba a la casa, comenzaba por lavarla de la cabeza a los pies y curar sus úlceras; luego la vestía con ropa limpia, y la colocaba en una aseada cama. En seguida le lavaba sus vestidos y los arreglaba con un extremo cuidado, a fin de devolvérselos en buen estado después de su curación: en fin. la servía en todas sus necesidades con una caridad tan alegre como compasiva", describe Hansen.
Rosa también iba a casas y hospitales a atender enfermos. Cuenta su biógrafo que una vez que volvía de asistir a una anciana leprosa, su madre la reprendió por el mal olor y las manchas que traía en su vestido. Rosa le respondió: "Lo que se trae del servicio de los enfermos es el buen olor de Jesucristo: es verdad que la infección del mal se mezcla con él; pero ¿qué hemos de hacer? Por lo demás, la caridad no es delicada y las enfermedades del prójimo no le causan ningún disgusto". 
¡Tal enfermera para tal Doctorcito!


Oración al Doctorcito de santa Rosa de Lima

¡Oh, Divino Niño Jesús! que al hacerte hombre quisiste sufrir y morir por los hombres y alcanzar el triunfo sobre el pecado, el dolor y la muerte, a Ti acudo lleno de confianza, pidiendo me concedas la salud del alma y del cuerpo. Remedia mis males y perdona mis pecados, para que con todas mis fuerzas te ame y sirva, y sea útil al prójimo. Pero, si deseas que con la enfermedad comparta tus sufrimientos, haz que la sobrelleve con paciencia, resignación y alegría, y ofrezca mis dolores para purificar mi alma y obtener remedio de todas las necesidades del mundo. Amén.

martes, 17 de julio de 2018

#245 Abrazo en Jesús


Abrazo fraterno. Abrazo en Jesús.
Hay personas que saludan así, con esas palabras, antes de finalizar una carta o un correo electrónico. Pienso que es un modo de expresar el deseo de compartir con otros la experiencia de quien se sabe abrazado por Dios.
Este pesebre es una buena imagen del abrazo de Dios, con Dios y en Dios.
Es una pequeña pieza de cerámica, con colores llamativos. La traje de Lima, Perú, en abril de 2018, y me inspiró la ternura propia del abrazo al instante en que la vi.
Los abrazos hablan de apertura a la realidad, la vida, de los demás. De acoger sus vivencias, sean positivas o negativas, alegrándonos o consolando a conocidos y también extraños. Abrazar es humano, en el sentido profundo de  asumir la humanidad propia y ajena, y, es por eso mismo, un gesto concreto de fraternidad.
Abrazar es muchas veces tocar las llagas de un corazón herido y suavizarlas -y hasta curarlas- con ternura, amabilidad, contención, afecto, protección, cercanía, atención respetuosa, delicadeza...
Abrazar es también... dejarse abrazar, ser capaces de aceptar el amor que se nos ofrece, la alegría que se nos comparte, la lágrima que se nos pide enjugar, la confianza que se nos da...
Y abrazar es también perdonar, es signo de reconciliación.
Pero, sobre todo, abrazar es una gracia, un don de Dios, pues difícilmente podamos dar un abrazo santo en su más profundo sentido sin antes experimentar nosotros mismos el abrazo de Dios que es, en definitiva, el que nos mueve y nos habilita a consolar con el consuelo con que somos consolados, a amar con el mismo Amor con que Dios nos amó primer, a perdonar desde el sabernos alcanzados antes por la infinita Misericordia del Señor.
¡Abrazo en Jesús!

lunes, 9 de julio de 2018

Niño invitado #61: Llevando a Jesús a pasear al templo


En abril de 2018 visité en Lima, Perú, la preciosa y monumental Basílica de San Francisco.
Era domingo y el templo, que realmente es enorme, estaba colmado de gente del lugar, turistas y numerosas cofradías que ese día se reunían allí para la celebración de la misa.
Entre la multitud de feligreses, fui visitando las capillas laterales de estilo barroco, pero una llamó especialmente mi atención, no por su riqueza artística -todos los altares la tienen por igual- sino por dos detalles. La capilla lateral dedicada a Nuestra Señora del Carmen tenía sus trabajadas puertas de rejas abiertas, mientras las demás estaban cerradas. Pero, además, noté de refilón algo sobre el altar, algo que a primera vista no pude identificar del todo pero que, sin dudas, me hizo frenar. "¿Es una cunita?". Me puse en puntas de pie para tratar de ver un poco más... ¡Un Niño Jesús en una cuna!
Una señora, que seguramente vio mi cara de asombro y mi interés particular, se me acercó en seguida. Se presentó como Eugenia. Me contó que era miembro de la Cofradía de la Virgen del Carmen de la Basílica de San Francisco y que los sábados tienen la costumbre de acudir a esta capilla lateral y bajar la figura del Niño que la Virgen del Carmen tiene en brazos. Le cambian la ropa y lo "cargan" un rato "para ayudar a la Virgen", me contó Eugenia con toda dulzura.
El Niño en la cuna sobre el altar era de Ana Lucía, una de sus hermanas de cofradía. "Lo trae a pasear un rato a la iglesia y luego vuelve a su casa", me dijo Eugenia con toda naturalidad...
A mi me impactó muchísimo un gesto tan simple y peculiar como éste: llevar a Jesús a pasear al templo, sacarlo de casa, permitir el encuentro del Niño con otras personas...
Me recordó al pasaje en que María y José llevan al Niño al templo, dando paso a esos encuentros preciosos con los ancianos Simeón y Ana.
Pero también a las tantas visitas de Jesús al templo de Jerusalén, a sus encuentros con tantas personas allí...
"Y Jesús se paseaba por el Templo", dice el Evangelio de san Juan (10, 23).
Pienso que llevar a Jesús al templo es hoy ser medios, instrumentos, para que el Señor pueda llegar a otros "templos" donde Dios desea entrar, recorrer, observar con atención, enseñar... y también echar "mercaderes" y hasta derribar muros para reconstruirlos... para volverlos verdaderas casas de oración y moradas suyas.
¡El Jesús que te habita quiere que lo saques a pasear!


miércoles, 4 de julio de 2018

Niño invitado #60: el Niño Mariscal Chaperito


Esta foto la tomé en abril de 2018 en uno de los altares laterales de la Basílica del Santísimo Rosario del Convento de Santo Domingo, de Lima, Perú.
Es del Niño Jesús Mariscal Chaperito, singular muestra de religiosidad popular que nació en la provincia peruana de Canta, al noreste de Lima. La imagen original de esta devoción procede de allí, donde el Niño, vestido con galas militares, está en brazos de la Virgen de la Natividad, patrona de la ciudad de Canta.
Quizás a alguno pueda parecerle un tanto extraño ver a un Niño Jesús con apariencia de militar, pero la imagen, si hacemos a un lado los prejuicios, nos puede regalar un significado espiritual precioso.
Lo primero es su nombre de "chaperito", diminutivo de un término derivado de "chappaquey", palabra que en la lengua quechua que hablaban antiguamente en Canta significa "mi dueño", "mi señor", "mi encomendero", "el que se apodera de mi". Es un reconocimiento del señorío de Dios, de su realeza, de su autoridad suprema, de su primacía en cada corazón.
El vocablo quechua "chappa" significa además "centinela", "capitán". 
Se cuenta que en el siglo XIX las mujeres de Canta paseaban la imagen del Niño entre las filas de los soldados que iban a librar batallas por la Independencia y otras causas. Las victorias obtenidas llevaron a las tropas a reconocer al Niño como su general.
De allí que al Niño Chaperito lo llamen mariscal, un alto grado militar, un modo de reconocer la protección de Dios en las "batallas" diarias de la vida.
Y verán que esto no es tan extraño pues el mismo pueblo de Israel invocaba a Dios como el "Señor de los ejércitos", particularmente en tiempos de dificultades. Es Dios, soberano, el que está por encima de todo poder, quien quebranta al enemigo -el mal, el pecado del hombre- y pone fin a las guerras, las externas y las que se libran en nuestro propio corazón.


"El Señor avanza como un héroe, y se enardece como un guerrero. Pronuncia su arenga y lanza su grito de combate, y luego cae sobre los enemigos".
Isaías 42, 13

martes, 26 de junio de 2018

#244 Luna


Este pesebre lo compré en abril de 2018 en Lima, Perú. Es una única pieza, de cerámica, con las figuras de José, María y el Niño Jesús en estilo andino, y una Luna por detrás.
En la víspera de la Navidad de 1968, Frank Borman, Jim Lovell y Bill Anders, tripulantes del Apolo 8, se convirtieron en los primeros seres humanos en orbitar la Luna. Aquel 24 de diciembre enviaron al mundo una imagen de la Tierra vista por primera vez desde la perspectiva de su luminoso gran satélite natural.
Y mientras el módulo de comando flotaba sobre la superficie lunar, los astronautas transmitieron un singular mensaje a la Tierra.
"La gran soledad es asombrosa, inspiradora, y te hace dar cuenta de lo que tienes allá en la Tierra", dijo Lovell.
Entonces, sabiendo que en aquella histórica Nochebuena tendrían la mayor audiencia que alguna vez hubiera acaparado una voz humana, Anders anunció: "Para toda la gente de la Tierra, la tripulación del Apolo 8 tiene un mensaje que nos gustaría enviarle"
.
Y a continuación se turnaron en la lectura de los primeros versículos del libro del Génesis:
"En el principio Dios creó el cielo y la tierra.
Y la tierra estaba desordenada y vacía; y la oscuridad estaba sobre la faz del abismo.
Y el Espíritu de Dios se movió sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Hágase la luz, y fue la luz.
Y Dios vio la luz, que era buena: y Dios dividió la luz de la oscuridad.
Y Dios llamó a la luz Día, y la oscuridad llamó Noche. Y la tarde y la mañana fueron el primer día.
Y dijo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.
E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión de las aguas que estaban sobre la expansión; y fue así.
Y Dios llamó al firmamento Cielo. Y la tarde y la mañana fueron el segundo día.
Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y que aparezca la tierra seca; y fue así.
Y Dios llamó a la tierra seca Tierra; y la reunión de las aguas llamó mares: y Dios vio que era bueno".

Borman agregó: "Y de la tripulación del Apolo 8, cerramos con buenas noches, buena suerte, una feliz Navidad, y Dios los bendiga a todos ustedes, a todos ustedes en la buena Tierra".
Después de dar la vuelta a la Luna diez veces en aquella víspera de Navidad, regresaron a casa, a "la buena Tierra". Los hombres, que por tanto tiempo se habían preparado para la exploración de la hasta entonces desconocida Luna, terminaron descubriendo, desde esa nueva perspectiva, la Tierra, creación de Dios...
Pocos meses después, se concretaría otra hazaña: otra misión espacial regresaría a la Luna, ésta vez para poner por primera vez los pies del hombre sobre la superficie lunar... Y también aquel hito hizo volver los ojos de los protagonistas hacia Dios.
La tripulación del Apolo 11, que llegó a la superficie de la Luna el 20 de julio de 1969, llevaba consigo un pequeño disco de silicio que contenía un  mensaje de buena voluntad" de 73 líderes mundiales, entre ellos el papa Pablo VI, quien, tras transcribir el salmo 8, anotó: "Para la gloria del nombre de Dios que da tal poder a hombres, oramos fervientemente por este maravilloso comienzo".
Aquellas palabras sagradas del salmo 8 contenidas en el disco que fue colocado en el lunar Mar de la Tranquilidad fueron, además, oración para uno de los primeros seres humanos en caminar por la Luna.
Edwin "Buzz" Aldrin, uno de los tres integrantes de la tripulación, fue la segunda persona en pisar la Luna después del comandante de la misión, Neil Armstrong, y ambos estuvieron unas veinte horas sobre la superficie lunar.
Estando allí, "Buzz", un cristiano presbiteriano, celebró solo y en silencio, en un momento de recogimiento, la "cena del Señor" con un poco de pan y unas gotas de vino. Para sí, leyó una cita del evangelio de Juan que se había llevado escrita de puño y letra. En el papel también había escrito un par de versículos del famoso salmo 8.
El salmo, atribuido al rey David, canta así:
"¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
Quiero adorar tu majestad sobre el cielo:
con la alabanza de los niños
y de los más pequeños,
erigiste una fortaleza contra tus adversarios
para reprimir al enemigo y al rebelde.
Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y la estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies:
todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas.
¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!".

Es la oración del hombre que contempla la grandeza de la creación y ve su propia pequeñez... un niño ante la inmensidad del cielo, la majestuosidad de los astros, la belleza de la Luna... ¿qué es el hombre para que Dios se acuerde de él? Y la respuesta, desde ese sentirse pequeño, es contemplar al mismo tiempo la grandeza y dignidad que el mismo Dios ha concedido al hombre, poniéndolo como centro de toda la creación. Canto del hombre que, coronado de "gloria y esplendor" por el Creador, exclama con humildad: "¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!".
Que cada vez que contemplemos la Luna recordemos y agradezcamos quiénes somos para nuestro Padre Dios...


martes, 19 de junio de 2018

#243 ¿Árbol, hoja?... ¡Dios!


Este pesebre me lo regaló mi amigo Sebastián Meresman en abril de 2018. Lo trajo de Villa General Belgrano (Córdoba, Argentina). Es de cerámica, con las figuras de la Sagrada Familia en estilo andino dentro de ¿una hoja? ¿un árbol?
Hice una rápida encuesta entre la decena de compañeros de trabajo que estaba allí. Y la mitad dijo "hoja" y la otra mitad, "árbol"...
Tan solo uno respondió de entrada "pesebre". Fue el único que supo ver lo que realmente importa: una escena que habla de Dios hecho Hombre.
Y es que quizás estamos poco habituados al ejercicio de pensar y buscar la presencia de Dios, la acción de Dios, en las cosas, las personas, la creación toda, los acontecimientos...
No se trata de una cuestión de ignorancia o erudición. Los supuestos "sabios y entendidos" en las cosas de Dios que vieron, escucharon y hablaron varias veces con Jesús no lo supieron reconocer como el Hijo enviado por el Padre.
Sabios que se creen "excelsos y luminosos como los astros", cuando en realidad "se han venido a tierra y se ha oscurecido su corazón", como dice san Agustín de Hipona.
En sus "Confesiones", Agustín habla de los filósofos capaces de conocer y medir los caminos de los astros por las regiones siderales y de predecir con antelación los eclipses, pero incapaces de buscar de dónde les viene su ingenio y de conocer el camino, que es el Verbo -el Hijo de Dios-, por quien fueron hechos "lo que ellos cuentan y a los que lo cuentan y el sentido con que perciben lo que cuentan y la inteligencia con que sacan la cuenta".
Escudriñan la naturaleza de las cosas, pero no son capaces de descubrir a su Creador.
"Es cierto que muchas cosas verdaderas dicen de la creación, pero no buscan con espíritu de piedad al artífice del universo y por eso no lo encuentran", se lamenta san Agustín.
Y a propósito de hojas y árboles y ramas y demás, insiste el "doctor de la gracia" en que no importa tanto el conocer como el hacia qué nos conduce ese conocimiento.
Dirigiéndose a Dios, afirma: "El que posee un árbol y te da las gracias por sus frutos sin saber cuán alto es y cuánto se extienden sus ramas está en mejor condición que otro hombre que mide la altura del árbol y cuenta sus ramas, pero ni lo posee ni conoce ni ama a su creador".
"¿Acaso, Señor, el que sabe estas cosas te agrada con sólo saberlas? Infeliz del hombre que sabiendo todo esto no te sabe a ti y dichoso del que a ti te conoce aunque tales cosas ignore. Pero el que las sepa y a ti te conozca no es más feliz por saberlas, sino solamente por ti, si conociéndote te honra como a Dios y te da gracias y no se envanece con sus propios pensamientos", sostiene.
¿Hoja, árbol...? No lo sé... Me basta con saber que es pesebre y que me habla de mi Señor!

lunes, 4 de junio de 2018

#242 Providencia


Este pesebre me lo regaló mi amiga Yesica Brumec en marzo de 2018. Lo trajo de Lima, Perú, y es un pesebre de cerámica en miniatura, con figuras en estilo andino muy expresivas.
Sin dudas la más llamativa de las piezas es la del Niño Jesús. Está totalmente desnudo, salvo por el chullo -gorro típico del altiplano- que le cubre la cabeza, y duerme plácidamente boca abajo.
La desnudez y el descanso sereno del Niño hablan de una gran confianza, un abandono en la providencia del Padre que le hace cantar con el salmista: "En paz me acuesto y en seguida me duermo, pues Tú sólo, Señor, me das seguridad" (Salmo 4, 8).
Tenemos un Padre providente, que conoce y está atento a todas nuestras necesidades, materiales y espirituales, que nos sustenta -empezando por nuestra propia vida- y nos colma con sus bienes, aún cuando no somos capaces de reconocerlos y apreciarlos.
La confianza en la Divina Providencia es una actitud de vida que Jesús mismo, como Hijo, practicó y, como Maestro, nos enseña: "No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y sin embargo el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves? ¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura? Y ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen! No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas" (Mateo 6, 25-33).
¡Qué desafío a nuestra fe nos presenta Jesús!
Pidamos al Señor el don de una fe creciente, de estar entre quienes realmente "conocen a Dios" y de esperarlo todo de Él... como niños.




"El Niño está gordito, rubicundo,
sus ojitos son dulces, confiados.
Nada le faltará. Él bien lo sabe: 
su comida, a las horas, su vestido,
su gorro de dormir, sus zapatitos.
 ¿Es Dios como una madre,
se preocupa de nosotros, sus hijos consentidos?
¿No dice el Evangelio: contemplad los pájaros del campo, 
que no siembran ni amontonan en trojes ni graneros, 
pero su Padre, Dios, los alimenta?
Mirad los lirios, qué vestidos gastan, 
qué lujo de colores y perfumes. 
Ni Salomón se vistió como ellos. 
¿No valéis más vosotros, poca fe?".
Fragmento de "Abandono a la Providencia",
de Enrique García Santamaría redentorista.



viernes, 1 de junio de 2018

#241 Honguito


Este pesebre me lo regaló mi amiga Cris Terceiro en febrero de 2018. Es una pequeña pieza de cerámica, con las figuras de la Sagrada Familia en estilo andino, y un honguito muy simpático por detrás.
Por sus características particulares, al diferenciarse de plantas y animales, los hongos conforman un reino aparte, el fungi. Los mohos y los organismos productores de setas son hongos, así como también la levadura, o fermento, un hongo microscópico unicelular, capaz de transformar otras sustancias mediante la fermentación y que aparece en una de las parábolas de los evangelios de Mateo y Lucas.
Dice Jesús: «Aquí tienen otra figura del Reino de los Cielos: la levadura que toma una mujer y la introduce en tres medidas de harina. Al final, toda la masa fermenta» (Mateo 13, 33). «¿Con qué ejemplo podría ilustrar el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina hasta que fermentó toda la masa» (Lucas 13, 20-21).
La levadura que se usa para hacer pan se llama saccharomyces cerevisiae, un hongo que puede duplicar su volumen en hora y media y leuda la masa.
Bastan unos pocos gramos de levadura para una gran cantidad de masa... el poder de lo pequeño. Y de lo pequeño escondido, oculto, silencioso, transformando lo que le rodea, de modo irreversible. 
La levadura no es harina pero se integra a ella. Nadie ve la levadura, sino la masa. Pero sin levadura -aunque parezca que un puñadito es insignificante y no añade nada-, la masa no se expande, no crece. Sin levadura no hay pan, no hay alimento cotidiano.
Esta figura, que Jesús toma de escenas tan comunes en su entorno, es preciosa. La lógica del Reino es la del poder misterioso de Dios oculto en lo diminuto, en los "pequeños", lo que no se ve, los que parecen perderse en la masa... en los que actúan y todo lo transforman a su alrededor, pero en silencio, sin protagonismos rutilantes... los que hacen crecer el Reino siendo portadores de la gracia de Dios, la única que realmente transforma y genera alimento verdadero para tantos y tantos...


miércoles, 23 de mayo de 2018

#240 Muéstranos al Padre


Este Niño me lo regaló mi papá en la Navidad de 2017. Es de la marca italiana Fars y lo compró en la tienda Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires.
Es de yeso y tiene una expresión de inocencia en la carita que me fascina... tiene sus manos juntas, a un costado del rostro, tal como la figura del Niño Jesús de Belén, la talla que en la Nochebuena es portada en procesión hasta el pesebre de la Basílica de la Natividad, de Belén, y, tras la Epifanía, vuelve al altar de la Virgen en la contigua iglesia de Santa Catalina.
El delicado gesto de las manos juntas indica una actitud orante y habla del Niño en estrecha relación con el Padre desde sus primeros instantes de vida encarnada en este mundo. Jesús, desde el pesebre, mira y nos hace mirar al Padre...
«Salí del Padre y vine al mundo» (Juan 16, 28).
«Señor, muéstranos al Padre». «El que me ve a mí ve al Padre» (Juan 14, 8-.9).
Imagino a Jesús con el rostro encendido, la mirada luminosa, la voz entusiasmada al hablar del Padre... su celo, desde niño, por los asuntos de su Padre... su urgencia por el Reino del Padre... su fuego de amor de entrega total por aquellos que le dio su Padre...
Algo muy peculiar se dejaría ver de esta relación tan especial entre el Hijo y el Padre como para que sus discípulos le pidieran a Jesús que les mostrara al Padre, les enseñase a orar al Padre y cómo ir a Él...
Jesús nos enamora del Padre... desde el pesebre hasta la cruz. Para eso se ha encarnado, para llevarnos al Padre, para que seamos hijos con el Hijo...
«Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: «Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti. Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste.. Y ésta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesús, el Cristo» (Juan 17, 1-3).



"Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre".
Juan 14


lunes, 2 de abril de 2018

#239 Anunciar

Este pesebre me lo regaló mi papá en la Navidad de 2017. Lo compró en la tienda Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires. Está hecho en resina y es la figura de un ángel que, en su interior, contiene la escena de los tres Magos de Oriente adorando al Niño.
La figura representa un anuncio: la trompeta es el medio y el mensaje es a la vez comunicación de la buena noticia de Jesús e invitación a encontrarse con Él.
La historia del Pueblo de Dios está atravesada por anuncios, en boca de profetas y ángeles de Dios. Hasta que la Palabra misma se vuelve mensaje y mensajero en Jesús: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres" (Isaías 61; Lucas 4).
"Buena noticia" es "anuncio alegre", "evangelio".
Esta "buena noticia", que es Jesús mismo, resulta desbordante, incontenible... es tan grande, poderosa y transformante que no puede ser acallada, guardada, escondida... Todo el que experimenta un auténtico encuentro personal con Jesús sale impulsado hacia el anuncio de la "buena noticia".
Unos corren, como la samaritana, a buscar a los de su pueblo para que ellos también conozcan a Cristo. El leproso, sanado por Jesús, sale a divulgar por todas partes lo que le ha vivido. María Magdalena corre a anunciar la noticia de su vida en la mañana del Domingo de Resurrección...
Unos anuncian con su predicación, pero nadie puede transmitir de verdad y con eficacia la "buena noticia" si antes no es él mismo un testimonio vivo de cómo el "evangelio", el encuentro personal con Jesús, ha transformado su vida. Como decía san Francisco de Asís,  "predica el Evangelio en todo momento y, cuando sea necesario, utiliza las palabras"...

sábado, 17 de marzo de 2018

#238 Mirada de niño


Este pesebre me lo regaló en diciembre de  2017 mi amiga Annie Calzia. Fue realizado en porcelana fría por niñas del club de chicas del Centro Cultural Sureda, de Buenos Aires.
Está hecho así: por manos de niños, desde los ojos del corazón de niños. La mirada de una niña al Niño... y no es lo mismo mirar a Jesús como niños, que es la mirada que Él nos pide sea cual fuere nuestra edad, que como adultos.
Los niños miran con inocencia, sin prejuicios, con sana curiosidad, con confianza, con pureza de intención... y unos ojos así pueden sin obstáculos mirar de frente a los de Jesús, ojos transparentes de quien ha querido ser uno de ellos, un Niño.
Mirar a Jesús como niños es también encontrarse con una mirada de amor, una mirada que nos valora, que nos coloca en el centro, que nos abraza, que nos bendice, que nos defiende... tal como hacía Jesús con los niños.
"Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía" (Marcos 10, 13-16).
¡Qué Dios nos conceda la gracia de la infancia espiritual!


«¡Gran Dios! No permitas que ciertos espíritus, de los que unos se clasifican entre los sabios y otros entre los espirituales, puedan jamás ser acusados ante tu inapelable tribunal de haber contribuido en algún modo a cerrarte la puerta de no sé cuántos corazones por el solo hecho de que Vos querías entrar en ellos de una manera cuya sola sencillez les extrañaba y por una puerta que, aunque está abierta de par en par por los santos desde los primeros siglos de la Iglesia, ellos, tal vez, no conocían aún suficientemente. Antes bien, haz que, volviéndonos todos tan pequeños como niños, a la manera que Jesucristo lo ordenó, podamos entrar una vez por esta puertecita, a fin de poder después enseñársela a los demás más segura y más eficazmente».
«Si pudiera recomenzar a vivir, quisiera ser únicamente un niño que da siempre la mano al Niño Jesús».

Jacques Bénigne Bossuet​ (1627-1704), citado en "Consejos y recuerdos" por Celina Martin -Genoveva de la Santa Faz-, hermana de santa Teresa del Niño Jesús
 


jueves, 8 de marzo de 2018

#237 Espíritu de Amor


Este pesebre lo compré en diciembre de 2017 en la Feria Internacional de Artesanías, realizada en Buenos Aires.
Es un encastre de madera hecho por el maestro artesano Víctor Di Gennaro, nacido en Buenos Aires.
La imagen está coronada con una paloma, representación del Espíritu Santo.
El misterio trinitario se hace presente en la Encarnación: "Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. (...) El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1).
Santa Isabel de la Trinidad compuso una hermosa oración -la "Elevación a la Santísima Trinidad"- en la que pide ser "morada" del Amor trinitario, ser "revestida" del mismo Cristo, ser "sustituida" por Él... ser "cubierta con la sombra" del Altísimo para que el Padre no vea en ella sino a su Hijo Predilecto en quien ha puesto todas sus complacencias.
Isabel invoca así al "Espíritu de Amor" para que también descienda sobre ella y se realice en su alma "como una encarnación del Verbo" a fin de ser para Cristo una "humanidad suplementaria" en la que Él renueve todo su misterio.


"¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio. 
Inunda mi alma de paz; haz de ella tu cielo, la morada de tu amor y el lugar de tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que te acompañe con todo mi ser, toda despierta en fe, toda adorante, entregada por entero a tu acción creadora.
¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria amarte… hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y te pido «ser revestida de Ti mismo»; identificar mi alma con todos los movimientos de la tuya, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti, a fin de que mi vida no sea sino un destello de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.
¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a tus enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en tu inmensa luz. ¡Oh, Astro mío querido!, fascíname para que no pueda ya salir de tu esplendor.
¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para El una humanidad suplementaria en la que renueve todo su Misterio.
Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, «cúbrela con tu sombra», no veas en ella sino a tu Hijo Predilecto en quien has puesto todas tus complacencias.
¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas".
Santa Isabel de la Trinidad, "Elevación a la Santísima Trinidad"