sábado, 9 de septiembre de 2017

#223 A Ti levanto mis ojos


Este pesebre me lo regaló mi papá en junio de 2017. Fue comprado en una tienda de la localidad bonaerense de Tigre, pero fue hecho en Salta, en el noroeste de Argentina.
Es una única pieza de cerámica, con las figuras de Josë, María y el Niño en estilo andino, montados sobre un burro.
La imagen representa el momento de la partida de Belén hacia Egipto, huída forzada por la desquicia homicida de Herodes.
Relata san Mateo en su evangelio: "Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto" (Mateo 2, 13-14).
La obediencia, la premura y el silencio de san José sobrecogen. También la actitud de María. No hay palabras de cuestionamiento, ni expresión de dudas o temores.
Eso no quiere decir que la situación no fuera compleja. Era cuestión de vida o muerte: Herodes quería matar al Niño. Pero Egipto supone marchar hacia lo desconocido, a tierra extranjera, no exenta de hostilidades, a la incertidumbre de cómo subsistir, dónde encontrar un lugar para establecerse, por cuánto tiempo será...
Todos estos interrogantes seguramente acompañaron a José y a María en aquella hora de la pronta obediencia a la orden de Dios, expresada por el Ángel.
Pero en medio de aquella incertidumbre, confiaron, se abandonaron a la voluntad de Dios, a la mano providente del Padre.
Esta actitud de José y María es sobrecogedora. Cuando a su alrededor las sombras de muerte parecen que van a alcanzarlos y en el horizonte, en dirección a Egipto, no se ve mas que desierto, María y José no se quejan, no ponen excusas, no se paralizan por sus limitaciones humanas. Simplemente alzan la mirada. Ojos al cielo. Pupilas fijas en su Señor. Y echarse a andar a Egipto sabiéndose bajo la mirada del Todopoderoso.
¡Estremece una fe tan grande como la de José y María!
Cuando los enemigo nos acechan -incluyendo nuestro orgullo, nuestro egoísmo, la arrogancia de la voluntad propia que también amenazan de muerte a nuestra vida-, Dios nos urge a levantarnos, sin perder tiempo, y ponernos en camino a Egipto. Habrá que atravesar las arenas de la incertidumbre. Pero quien alza la mirada a Dios nunca se pierde.


Oraciones para el "camino a Egipto":

"Levanto mis ojos a las montañas:
¿de dónde me vendrá la ayuda?
La ayuda me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
el guardián de Israel.
El Señor es tu guardián,
es la sombra protectora a tu derecha:
de día, no te dañará el sol,
ni la luna de noche.
El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre".
Salmo 121

"Levanto mis ojos hacia ti,
que habitas en el cielo.
Como los ojos de los servidores
están fijos en las manos de su señor,
y los ojos de la servidora
en las manos de su dueña:
así miran nuestros ojos al Señor, nuestro Dios,
hasta que se apiade de nosotros.
¡Ten piedad, Señor,
ten piedad de nosotros,
porque estamos hartos de desprecios!
Nuestra alma está saturada
de la burla de los arrogantes,
del desprecio de los orgullosos".
Salmo 123

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