sábado, 27 de agosto de 2016

Niños invitados #39: Los "Manuelitos" de Mama Antula


En agosto de 2016 tuve la oportunidad de visitar la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, de Buenos Aires, faltando pocos días para la beatificación de la fundadora de este sitio histórico, María Antonia de Paz y Figueroa.
Conocida popularmente como Mama Antula, María Antonia nació en la provincia argentina de Santiago del Estero en 1730, cuando aquel territorio dependía del Virreinato del Perú.
A los 15 años hizo votos de pobreza y castidad, adoptó el nombre de María Antonia de San José y, junto a otras compañeras, bajo una forma de vida consagrada conocida entonces como "beaterio", se dedicó a asistir a los jesuitas en su labor pastoral y social, en particular en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola.
La figura de Mama Antula se hizo conocida gracias a su empeño por mantener vivo el carisma ignaciano luego de que en 1767 el rey español Carlos III decretara la expulsión de los jesuitas de sus territorios, lo que la movió a recorrer varias provincias del norte argentino, organizando los Ejercicios Espirituales, hasta finalmente llegar en 1779 a Buenos Aires, donde en 1795 fundó la Casa de Ejercicios Espirituales, sitio de su muerte el 7 de marzo de 1799.
En todo su peregrinar, María Antonia llevaba consigo, colgando de su cuello, una cruz sobre la que está recostado el Niño Jesús, una de sus principales devociones.
Lo llamaba su "Manuelito", una forma usual de referirse al Niño en aquella época, derivada de "Emmanuel" (Dios-con-nosotros). "Manuelito, el que todo lo puede", lo invoca, confiando en su Providencia.
La cruz con el Niño que llevaba colgada María Antonia, que actualmente se conserva en un cuadro con reliquias en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, era de unos 7 por 13 centímetros, de alabastro y madera. El Niño está recostado sobre uno de su lados, en una de sus manos sostiene los tres clavos con que fue clavado en la Cruz y sus pies están sobre una calavera, símbolo del triunfo de Cristo sobre la muerte.



En una carta, de 1784, María Antonia detalla así cómo es el Manuelito de su crucifijo: "La acción del Niño es estar acostado sobre la cruz y algo inclinado sobre el lado derecho. La mano izquierda tiene cogidos los tres clavos por sus puntas y con ello descansa sobre el cuadrel y parte del vientre la mano derecha, estando el brazo unido al cuerpo viene a parar en la mejilla y le sirve como de reclinatorio. La pierna izquierda recuesta sobre la derecha y está con su garganta sobre la pantorrilla de la misma derecha; los pies descansan sobre una calavera que pisa el izquierdo y toca el derecho con su empeine. Se previene que el Niño está enteramente desnudo y sin toalla o cosa que se le parezca. Esta postura o figura de mi Niño Dios ha sido la que más me ha robado la atención".
María Antonia le tenía a esta imagen "muchísima devoción", según me contó durante mi visita a la Casa de Ejercicios la hermana Zulema Zayas, superiora de las Hijas del Divino Salvador, continuadoras de la obra de Mama Antula.
"El Niño Jesús acostado sobre la Cruz encierra todo el misterio de nuestra fe, desde el nacimiento hasta la muerte de Jesús en la Cruz y lo que se trata de transmitir es justamente la Vida que nace de ahí", explica la hermana Zulema.
Decía por entonces Mama Antula que a su Niño apenas si se le podía distinguir alguna facción porque cuando llegó a su poder estaba ya "bastante usado" y ella "rara vez" se lo desprendía del cuello.
A eso se agregaba la gran devoción que despertaba la imagen entre la gente y que movía a muchos a besar la cruz: "Siendo tierno el afecto que sacan las almas de los santos Ejercicios, quizá por ilusión del demonio, se me postran a los pies y yo, confundida de mi indignidad, los aparto de mí, dándoles a besar mi Niño Dios".
Poco después, María Antonia, que casi nunca se sacaba su cruz, tendrá que desprenderse de ella más a menudo porque no pocos se la pedirán prestada en casos de especial necesidad de socorro divino, como enfermedades o partos.
Así, como ella misma dice, la cruz termina un poco "gastada" por lo que en febrero de 1784 decide encargar otra igual al padre Gaspar Juárez, un jesuita exiliado en Roma y que había sido su guía en en Santiago del Estero.
En su encargo pide, entre otras cosas, que la nueva cruz le sea enviada con "gracias particulares para beneficio de las almas" que besarían la imagen y alabarían el santísimo Nombre del Niño.
Pero la llegada de su nuevo Manuelito comenzó a demorarse.
Casi un año después dirá que "ya quisiera tener a la vista" la nueva imagen "para encomendarle especialmente los asuntos" suyos.
Por los intercambios epistolares, sabemos que el nuevo Niño, mandado a hacer en Roma, había sido enviado a mediados de 1785 por el padre Juárez hacia el puerto de Cádiz, desde donde sería embarcado rumbo a Buenos Aires.
Con ansias crecidas en la espera, en enero de 1786 María Antonia le escribe nuevamente al padre Juárez: "Hasta el presente aún no ha llegado a Buenos Aires y ciertamente que ya tarda".
En esa misiva asegura que el deseo de contar con una nueva imagen no es solo de ella: "Toda ponderación es nada para decir el anhelo y veneración que tienen a Manuelito, pues así los señores clérigos, como todas las personas de suposición, están deseando que llegue, y ya el que yo tengo en el cuello, que es de piedra, no lo dejan, pues, para enfermedades, para partos, en todo anda él, y ya lo ando mezquinando, porque está ya algo gastado".
Esta carta resulta reveladora del alcance que la obra de María Antonia estaba teniendo en la creciente devoción al Niño Jesús en Buenos Aires.
Ella invitaba a adorar a su Manuelito a quienes participaban en los Ejercicios Espirituales, una costumbre que luego se pondría en practica en las iglesias de Buenos Aires en la Navidad de 1785, según lo describe la propia Mama Antula en su misiva de enero de 1786: "Con que, luego que llegue el otro (Niño), lo pondré en el altar para que todos lo adoren; pues esta devoción no sólo ya es grande, sino que cada día toma más aumento. Buena prueba de esto es lo que, a imitación de los Ejercicios, se ha hecho en la próxima Pascua de Navidad en varias iglesias de esta ciudad, aun de regulares; pues no habiendo habido costumbre hasta ahora de exponer el Niño Dios en los brazos de un sacerdote a la pública adoración de los fieles, lo han hecho en estas Pascuas, del mismo modo que se practica en los Ejercicios". 

Monseñor Marcos Ezcurra, en su libro "Vida de María Antonia de Paz y Figueroa", cuenta que Mama Antula tenía además por costumbre durante los Ejercicios "hacer un día la adoración en el pesebre, tierno acto en que imitaban a los pastores los ejercitantes, que muchas veces eran gente de campo; y se compungían con él aún los más endurecidos pecadores, que habían resistido hasta allí hasta las exhortaciones de los sacerdotes y predicadores más celosos y elocuentes”.
Finalmente llegó el nuevo Niño, pero resultó ser algo más grande e imposible de llevar al cuello. Este Niño también se conserva en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, dentro de una caja de vidrio, en la celda que ocupó María Antonia.




Junto a la imagen hay un pequeño cartel que señala que el Niño fue mandado a hacer en Roma en 1785 por el padre Juárez. Recuerda también que Mama Antula exclamaba con frecuencia: "¡Alabemos y glorifiquemos incesantemente a Manuelito!".
El Niño, una talla en madera, también está completamente desnudo y recostado sobre una cruz, aunque sobre su lado izquierdo. Parece dormido. Su cabeza reposa sobre su brazo izquierdo y con el derecho abraza el madero.
Se ve que Mama Antula lo contemplaba y lo daba a contemplar... Decía que este Niño era el "hechizo" de cuantos lo veían y se nota que a ella también le fascinaba e intuía algo más del misterio que encierra esta imagen.
Esto le escribía al padre Juárez en julio de 1788: "Es preciso decirle también algo de Manuelito, el que Vuestra Merced me mandó. Es el hechizo de cuantos lo ven y si Vuestra Merced lo viera, no lo conociera; es muy letrado; de repente le da en decir 'Esclavito, esclavito', sin saber por qué y mirándolo después de tiempo de estos dichos con atención, hallo que por algunas peladuras que se le ha hecho al barniz, ha descubierto unas vetas casi negras, que parecen propiamente manchas de azotes con ramales; toda la cara la tiene como cruzada o marcada; los bracitos con unas señales de ligaduras de cordeles, como si las hubiesen hecho a propósito; y estoy con curiosidad de que Vuestra Merced sepa si la madera de que lo hicieron tiene vetas, porque es cosa particular. No deje Vuestra Merced de averiguado y avíseme en la primera ocasión".

"En esta Buenos Aires
aún me hallo aguardando
a que Manuelito me abra el camino y
seguir adonde fuere su agrado".
Mama Antula, 1787.

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