jueves, 2 de febrero de 2017

Niño invitado #48: Dos palomitas

Estas fotos las tomé en enero de 2017 en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, de Buenos Aires.
Es una imagen en tamaño real de la Sagrada Familia colocada en una de las paredes exteriores de la iglesia, en medio de unas plantas.
María carga al Niño Jesús en sus brazos y al lado va José, que en su mano derecha lleva una especie de pequeño canasto con dos palomitas. Y es por este detalle que me di cuenta de que la imagen hace referencia a la presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que celebramos cada 2 de febrero.
Esto ocurre al cumplirse cuarenta días del nacimiento de Jesús, tal como lo establecía la ley judía, que mandaba ofrecer un sacrificio como parte del rito de "purificación" de la madre y un "rescate" por el hijo primogénito.
Dice el Evangelio de Lucas: "Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: 'Todo varón primogénito será consagrado al Señor'" (Lucas 2, 22-23).
La consagración de los primogénitos a Dios era parte de la ley mosaica: "El Señor habló a Moisés en estos términos: 'Conságrame a todos los primogénitos. Porque las primicias del seno materno entre los israelitas, sean hombres o animales, me pertenecen'" (Éxodo 13, 1-2).
La ley establecía que el varón primogénito debía ser totalmente entregado al servicio de Dios. Si era de la tribu de Leví, era consagrado al servicio del Templo. Los primogénitos del resto de las tribus de Israel debían ser "rescatados" o "redimidos" de esa entrega mediante el pago a un sacerdote de cinco siclos o monedas de plata (Levítico 18, 15-16).
En su libro "La infancia de Jesús", Benedicto XVI hace notar que, en el pasaje de la presentación de Jesús al Templo, Lucas habla del deber de consagrar al primogénito pero luego no hace mención al "rescate".
"Obviamente, quiere decir: este niño no ha sido rescatado y no ha vuelto a pertenecer a sus padres, sino todo lo contrario: ha sido entregado personalmente a Dios en el templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como «presentar», significa también «ofrecer», referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio. Sobre el acto del rescate prescrito por la Ley, Lucas no dice nada. En su lugar se destaca lo contrario: la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente", observa Benedicto XVI.
Luego Lucas prosigue con el rito de "purificación" de la madre: "También debían ofrecer un sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor" (Lucas 2, 24).
María, por su singular condición de Virgen Inmaculada, no necesitaba ser purificada. Sin embargo, en comunión con José, no reclama para sí ningún privilegio y, tal como lo hará Jesús, obedece la ley de Dios.
Esa ley marcaba que la mujer, después del parto, era durante un tiempo considerada "impura" a los efectos de poder acudir al Templo y participar de las practicas litúrgicas.
Así, según el libro del Levítico, durante cuarenta días luego de dar a luz a un varón no podía tocar ningún objeto consagrado ni ir al Templo.
Al concluir ese período, la madre debía presentar ante un sacerdote como sacrificio un cordero y un pichón de paloma o una torcaza y, así, completar el rito para su purificación.
Pero, si la madre "no dispone de recursos suficientes para adquirir un cordero, tomará dos torcazas o dos pichones" (Levítico 12, 8).
Y esto era el sacrificio de los pobres, las dos palomitas.
A mi me conmueve mucho la humildad de María y José. Su vivencia de la obediencia y de la pobreza, que se vuelve testimonio, escuela de vida para nosotros.
Pienso que, ofreciendo estas dos palomitas, María nos enseña a presentar a Dios la "ofrenda de los pobres"... nos enseña a acudir a Dios tal como somos, porque Él no se escandaliza ante nuestras pobrezas y debilidades... Nos enseña a presentarle nuestra humildad. Porque humildad, como decía santa Teresa, es "andar en verdad", y nada más verdadero que reconocernos pobres... ya que todo lo bueno nos ha sido regalado por Dios.
La "ofrenda de los pobres" es la ofrenda de quien, aun con poco, ofrece eso poco pero que es todo lo que tiene. Como las dos monedas de cobre que la viuda pobre da de limosna en el Templo. Como los cinco panes y los dos peces de aquel niño dispuesto a ofrecerlos ante el hambre de tanta gente...
Dios parece que mira con particular atención la "ofrenda de los pobres"... Dios no desprecia nuestra pobreza ofrecida con humildad, con amor sincero...
Al contrario... Como canta María, nuestra Maestra en esto de ofrecer a Dios todo lo que somos -¡a nosotros mismos!-, el Señor "enaltece a los humildes".
Jesús se sentó en el Templo a observar cómo la gente depositaba su limosna y muchos ricos daban "en abundancia". Pero Él reparó en la viuda y sus dos moneditas y elogió esa "ofrenda de los pobres": "Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir" (Marcos 12, 43-44).
Y ante la multitud sin nada para comer, Jesús no despreció aquellos pocos panes y peces arrimados por el niño. En verdad podría haber hecho el milagro de dar de comer a los 5.000 sin recurrir a nadie, pero Jesús optó por tomar lo ofrecido por un niño, uno de los que no contaban para nada en aquella sociedad.
Es hermoso pensar con qué ojos mira el Padre nuestra pobre ofrenda, cuando la hacemos raramente con humildad y amor , como lo hicieron María y José, esa viuda y aquel niño... Es hermoso pensar que el Padre acepta lo que le presentamos, nuestra pobre vida, todo lo que somos y queremos poner en sus manos por entero, nuestras "dos palomitas", y eso lo une al verdadero sacrificio de su Hijo, al del Niño presentado en el Templo, consagrado totalmente a Él y que se ofreció a sí mismo, hasta la muerte en la Cruz, por nuestra redención.



No hay comentarios:

Publicar un comentario