viernes, 25 de marzo de 2016

Niño invitado #33: Voluntariamente aceptada




Esta imagen está en mi parroquia, San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, de Buenos Aires. Y cada vez que la contemplo me vienen siempre las mismas dos palabras: "voluntariamente aceptada".
El Niño Jesús, muy pequeñito, abre sus brazos en cruz y se apoya sobre el madero. Libremente... No está clavado, ni atado. Hasta me da la impresión de que está en puntas de pie, como queriendo alcanzar la Cruz... Nada parece obligarle... Y su rostro... inocente, sereno, manso... revela su íntima comunicación con el Padre.
Unas de las palabras que más me estremecen de la consagración eucarística son, precisamente, las que se refieren a la "pasión voluntariamente aceptada": la libertad para amar al Padre y amarnos a nosotros hasta el "extremo", el extremo de darse a sí mismo, dar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz, por nuestra salvación.
"Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente" (Juan 10, 18). ¡Estas palabras son impactantes! Porque las pronuncia en el contexto de presentarse a sí mismo como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, para que éstas tengan vida en abundancia. Y en sus palabras se denota que lo hace con libertad, porque ama -nos ama-, porque así lo quiere el Padre -"éste es el encargo que he recibido del Padre"- y porque se sabe Hijo de Dios y confía plenamente en su Padre, que le ha dado poder para dar su vida y "después recobrarla".
Me pregunto cuándo descubrió Jesús cómo habría de salvarnos... es un misterio, pero intuyo que en su Corazón, desde el momento mismo de la Encarnación, ardió el celo por las cosas de su Padre, latió la urgencia del Reino, el deseo de nuestra salvación y su ansías de amarnos dándose hasta el extremo...
Esta imagen está junto al altar de santa Teresa del Niño Jesús. De ella tomo estas palabras finales. El anhelo de darse, de una entrega voluntariamente aceptada por amor, esa libertad de Jesús, siempre se encarna en sus santos...

"Acuérdate, Jesús, Verbo de vida, de que tanto me amaste, que moriste por mí. También yo quiero amarte con locura, también por ti vivir y morir quiero yo. Bien sabes ¡oh, Dios mío! que lo que yo deseo es hacer que te amen y ser mártir un día. Quiero morir de amor. Señor, de mi deseo ¡acuérdate!".
Santa Teresa del Niño Jesús, "Jesús, Amado mío, acuérdate", 21 de octubre de 1895



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