martes, 22 de diciembre de 2015

Pesebre invitado #32: El "taxi-pesebre"



Como la estrella guió a los magos hasta la gruta de Belén, así un cartel luminoso con la leyenda "libre" deja ver con su resplandor dónde está el pesebre "con más calle" de Buenos Aires.
Desde hace unos veinte años Héctor Coquibus arma cada 8 de diciembre un nacimiento sobre la luneta delantera de su taxi. Y así sale a trabajar, unas doce horas diarias detrás del volante, que, pese al cansancio, asegura que le reportan felicidad.
Hasta el 8 de enero, cuando desarma el pesebre con algo de pena, Héctor recorre las calles de Buenos Aires -unos 200 kilómetros diarios- junto a Jesús, María y José. También lleva a la vista figuras clásicas de los reyes magos, los pastores y algunos animales. Y no le faltan los árboles de Navidad, uno dentro del coche y otro afuera, sobre el techo.
"Algunos, muy fantáticos, me retan porque no le tapo la cara al Niño antes del 25 de diciembre. Me dicen: 'todavía no nació el Niño Dios'. Yo soy un adelantado, para mí ya nació hace rato. Lo miro y una dulzura tiene...", me cuenta Héctor, embelesado con el Niño que viaja a su derecha, una mañana de diciembre de 2015.
Los pasajeros al subir se sorprenden con lo que ven y más con la alegría que contagia este conductor, de 72 años.
"La experiencia es hermosa y la vivo y la siento a través de los pasajeros. Ellos me hacen recordar constantemente que estamos en fiestas navideñas. Se asombran, se alegran, se emocionan. Recibo apretones de mano, elogios, besos", dice Héctor, que suma cuatro décadas como taxista.
Cada tanto, sobre ruedas, lo visita la "musa inspiradora", detiene la marcha y compone poemas de lo cotidiano. "El taxista es psicólogo y confesor, servidor en las urgencias del humano pormenor", recita.
"Me siento feliz por mí y por la gente. Me apasiona la gente y su reacción. Estamos tan ávidos de que nos traten bien que, cuando vemos algo así, distinto, nos emociona. Esa reacción es la que me pone bien: verlos felices. Y lo que yo pretendo es eso: que el pasajero disfrute del viaje", asegura.
Héctor dice que nunca un pasajero reaccionó mal al ver el pesebre y que aquel que no cree o es de otra religión siempre se muestra respetuoso ante el clima navideño que se respira en su coche.
Cuenta que fueron sus padres los que le enseñaron "primero a creer en Dios". Y asegura que cree en los reyes magos.
"Cuando era pequeño dejaba las ventanas abiertas para que los camellos entraran, dejaba el pasto y el agua. Era toda una ceremonia: me acostaba con mucho nervio y me despertaba con mucha ansiedad por ver lo que me traían los reyes. Es algo imborrable y lo sigo predicando y practicando", cuenta.
Fueron los magos de Oriente, de hecho, quienes a sus 8 años le trajeron un triciclo con el que jugaba a ser taxista. Su padre hacía de pasajero y le pagaba con caramelos.
Así nació lo que él define como verdadera "vocación", pero cuando Héctor creció, su padre se negó a que fuera taxista porque la consideraba una "profesión de vagos".
"Mi papá no quería que fuera taxista. Y yo soy de la época del 'sí, papa'. Tuve que acatar su decisión. Entonces aprendí un oficio, peluquero, y me fue muy bien. Pero yo quería ser taxista", recuerda.
Una semana antes de morir su padre, le pidió perdón por haber "frustrado" sus ideales. Héctor lo perdonó y luego se compró su primer taxi.
La afabilidad de Héctor no se limita a la época navideña: para el día de las madres llena su taxi de claveles y se los regala a las mamás que se suben y para el día del niño hace lo mismo pero con golosinas.
Además, entretiene a sus pasajeros cada día con ocurrencias: por ejemplo, lleva consigo una tarjeta roja y otra amarilla y, cual arbitro, se asoma por la ventanilla y se las muestra con una sonrisa y mucho humor al transeúnte que no cruce por la senda peatonal.
"Los mimo, me miman... Es un ida y vuelta. Los pasajeros se bajan, te agradecen y para mí esa es la mejor paga", asegura.
Héctor se define "creyente", pero no ahonda en contarme sobre su espiritualidad. No hace falta: está a la vista. Cuando Jesús nace, alegra el corazón. Y esa alegría se comparte. Eso es lo que sucede dentro del "taxi-pesebre".



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